La escena parece salida de una distopía doméstica, pero la propuesta es bastante más terrenal. Verily, la división de ciencias de Alphabet, ha pedido permiso para liberar hasta 32 millones de mosquitos macho portadores de la bacteria Wolbachia en Florida y California.
La cifra se reparte en dos bloques iguales. Serían 16 millones en Florida y otros 16 millones en California, dentro de un programa que busca reducir enfermedades como el Zika o la fiebre amarilla recortando la población de mosquitos.
La idea no consiste en fumigar, sino en cortar la reproducción
Aquí hay un matiz decisivo. Los insectos no están modificados genéticamente, sino que son machos infectados con Wolbachia, una bacteria que vuelve estéril el cruce con hembras salvajes e impide que los huevos lleguen a eclosionar.
El mecanismo resulta más simple de imaginar si uno piensa en un apagón demográfico. Los mosquitos siguen apareándose, pero la siguiente generación no llega a despegar, y ahí reside toda la lógica de la estrategia.
Verily no parte de cero. En 2017 ya liberó 20 millones de mosquitos en un barrio de Fresno, una prueba que anticipaba la escala que ahora plantea en dos estados distintos.
La técnica existe desde los años 50 y ahora cambia de tamaño
Detrás de la operación está la Técnica Estéril de Insectos, un método conocido desde los años 50. La novedad no está en inventar el principio, sino en aplicarlo con una dimensión industrial a uno de los animales más difíciles de mantener a raya.
En la práctica, el plan se apoya en una paradoja llamativa. Para tener menos mosquitos, primero hay que soltar millones.
Esa contradicción explica buena parte del desconcierto público que suele acompañar a estas iniciativas. También obliga a distinguir entre la impresión inmediata que produce ver subir la cifra de insectos liberados y el objetivo biológico de reducir la población total tras los apareamientos.
La gran pregunta sigue abierta cuando entran en juego el Zika y la fiebre amarilla
El argumento sanitario es claro, pero el resultado final todavía no lo es. Se desconoce el impacto real de este experimento en la reducción de enfermedades transmitidas por mosquitos, que es al final la medida que importa fuera del laboratorio y de los permisos regulatorios.
Reducir mosquitos no equivale automáticamente a reducir contagios en la misma proporción. Entre una cosa y otra median el comportamiento de las especies locales, la circulación de los virus y algo tan cotidiano como dónde, cuándo y a quién pican.
De momento, los números más concretos no hablan de casos evitados, sino de insectos liberados. Primero fueron 20 millones en Fresno en 2017 y ahora la solicitud sube a 32 millones, mientras la pregunta decisiva sigue siendo la misma que al principio, cuántas picaduras menos acaban convertidas en menos enfermedad.