AST SpaceMobile lanzó el satélite individual más grande en órbita baja: 223 m², tamaño de una cancha de tenis

En 2019, SpaceX lanzó sus primeros satélites Starlink. Desde entonces, ha colocado más de 9.000 en órbita con un plan mucho mayor: una constelación de hasta 75.000 unidades.

20 de enero de 2026 a las 16:15h
AST SpaceMobile lanzó el satélite individual más grande en órbita baja: 223 m², tamaño de una cancha de tenis
AST SpaceMobile lanzó el satélite individual más grande en órbita baja: 223 m², tamaño de una cancha de tenis

Desde que el primer satélite artificial, el Sputnik 1, comenzó a girar alrededor de la Tierra en 1957, el espacio ha dejado de ser un lugar vacío. Hoy, sin embargo, el vacío se ha vuelto ruidoso. Satélites enjambres recorren la órbita baja terrestre como peces migratorios, encendidos y apagados, conectando teléfonos, transmitiendo datos y prometiendo internet universal. Pero ese cielo estrellado que nuestros abuelos contemplaban con asombro está cambiando. Ya no es solo el firmamento de los astrónomos, sino también el escenario de una carrera industrial sin precedentes.

La batalla por el cielo

En 2019, SpaceX lanzó sus primeros satélites Starlink. Desde entonces, ha colocado más de 9.000 en órbita con un plan mucho mayor: una constelación de hasta 75.000 unidades. El objetivo es claro: llevar internet de alta velocidad a cada rincón del planeta, incluso a los más remotos. Pero ese sueño tecnológico tiene una sombra alargada. Apenas unos días después de Navidad, otro actor entró en escena. AST SpaceMobile, una empresa con sede en Texas, lanzó desde la India su satélite BlueBird 6, una nave de casi 223 metros cuadrados: el satélite individual más grande jamás colocado en órbita baja.

Mientras SpaceX apuesta por la cantidad, AST prefiere la escala. Su visión es radicalmente distinta: lograr cobertura global con apenas 90 satélites, no con decenas de miles. Su apuesta no es en número, sino en tamaño y potencia. Estos BlueBirds son tan grandes como una cancha de tenis y diseñados para comunicarse directamente con teléfonos móviles comunes, sin necesidad de antenas especiales. Ya tienen seis operativos y planean lanzar hasta 60 más antes de 2026.

"Personalmente, prefiero un número menor de satélites más grandes. Una de las razones es el riesgo de colisiones espaciales. Si tienes 10 veces más satélites, tienes 100 veces más casi accidentes. Así que, solo desde ese punto de vista, consolidar en un número menor de satélites parece más sensato."

- Jonathan McDowell, astrofísico e historiador de vuelos espaciales en el Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian

Más satélites, más problemas

La diferencia entre ambos modelos no es solo técnica. Es una cuestión de filosofía espacial. Cada satélite añadido a la órbita baja multiplica el riesgo de colisiones. Y una colisión no es un simple choque. Es el inicio de una cadena potencialmente catastrófica. Se llama el síndrome de Kessler: una colisión genera escombros, que a su vez impactan otros satélites, creando más escombros, hasta que la órbita baja se vuelve inhabitable.

McDowell lo explica con crudeza: incluso con una tasa de éxito del 99% en la desorbitación, una constelación de 30.000 satélites podría dejar 300 satélites muertos en órbita cada cinco años. Cada uno de ellos pesa cientos de kilos y viaja a velocidades de más de 27.000 km/h. No son basura cualquiera. Son proyectiles invisibles.

El 17 de diciembre de 2025, un satélite Starlink perdió comunicación y liberó fragmentos en órbita. No fue un accidente mayor, pero fue un recordatorio. SpaceX ya ha realizado más de 50.000 maniobras evasivas desde 2019 para evitar colisiones. Y la Agencia Federal de Aviación (FAA) advirtió en 2023 que existe un riesgo real de que los restos de satélites al caer hieran o maten a alguien antes de 2035.

Hace apenas unos meses, tres taikonautas chinos tuvieron que permanecer nueve días más de lo previsto en su estación espacial tras un impacto de escombros orbitales. Su nave, la Chengdou-20, sufrió daños menores. Pero la ventana de la Shenzhou-20 mostró grietas diminutas. A esa velocidad, una partícula del tamaño de un guisante puede perforar acero.

La contaminación que no ves

El peligro no termina en el espacio. Cuando los satélites mueren, caen. Y al desintegrarse en la atmósfera, no desaparecen. Se convierten en polvo. Polvo de alúmina. Partículas de óxido de aluminio que, según McDowell, son altamente eficaces destruyendo el ozono. Cada satélite que arde en la reentrada libera toneladas de estos compuestos. No es un fenómeno natural. Es contaminación atmosférica inducida por la industria espacial.

SpaceX ha desestimado estas advertencias, incluso en procesos legales. Desde 2024, ha ignorado múltiples señales de alarma sobre el impacto ambiental de sus constelaciones. Y aunque los nuevos satélites Starlink son más oscuros que los primeros —un esfuerzo para reducir el brillo—, McDowell advierte que siguen siendo un problema: son lo suficientemente brillantes como para interferir con telescopios como el Observatorio Vera Rubin, diseñado para explorar el universo profundo.

"Menos satélites en órbita reduce inherentemente la probabilidad de colisiones y la creación de basura espacial, promoviendo un entorno orbital más sostenible."

- Scott Wisniewski, presidente de AST SpaceMobile

El espectro: el verdadero oro del cielo

La batalla no es solo por el espacio físico, sino por el espectro radioeléctrico. Es el aire invisible por el que viajan las señales. AST SpaceMobile tiene acceso a unos 80 MHz de banda baja, gracias a acuerdos con operadoras como AT&T y Verizon, y a adquisiciones clave. SpaceX, en cambio, solo dispone de 5 MHz por ahora, aunque Elon Musk invirtió 17.000 millones de dólares para comprar 50 MHz adicionales. El acceso al espectro es tan estratégico que Musk intentó bloquear a AST ante la FCC, alegando que su servicio sería “catastrófico” para Starlink. La FCC no le hizo caso.

El modelo de AST no requiere chips especiales. Sus satélites pueden comunicarse con teléfonos normales, incluso en interiores. Wisniewski afirma que la señal penetrará edificios y coches, aunque aún no ha sido verificado por terceros. En cambio, Starlink aún solo ofrece servicios limitados de texto y datos directo al móvil, y reconoce que necesitará hasta 2027 para completar su red V3. Las primeras pruebas con teléfonos equipados con su chip están previstas para 2026.

El cielo ya no es de todos

El sueño de internet universal tiene un costo. Amazon planea más de 3.200 satélites con su Proyecto Leo. China prepara dos megaconstelaciones, Guowang y G60 Starlink, con casi 26.000 satélites. El gobierno chino ha solicitado permisos para lanzar 200.000. Cada uno de esos números es una promesa de conexión, pero también una amenaza al equilibrio del entorno orbital.

McDowell recuerda una conversación con amigos que salen de excursión: “Mira, ya nunca ves un cielo vacío”. Es una frase que resume todo. El cielo nocturno, ese lienzo ancestral de estrellas, ahora está cruzado por hileras de luces artificiales. El espacio ya no es un lugar de contemplación, sino de propiedad, de negocio, de conflicto.

"No tengo necesariamente una postura sobre eso. Mi postura es que, incluso si ese es el caso, no debería ser solo EEUU quien lo decida. Debería ser decidido por todos los países del mundo porque todos se ven afectados, sean potencias espaciales o no. Y esa es la discusión que estoy tratando de promover: tengamos una conversación global, preferiblemente a nivel de la ONU, sobre cómo equilibrar los intereses del medioambiente y la industria espacial de manera más general."

- Jonathan McDowell, astrofísico e historiador de vuelos espaciales en el Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian

El futuro de la conectividad global no se decidirá solo en los lanzamientos o en los laboratorios. Se decidirá en las aulas, en las conferencias internacionales, en las calles. Porque el cielo, aunque esté cada vez más lleno, todavía pertenece a la humanidad entera. O al menos, debería.

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