José A. Hurtado García

Si existe un ejemplo claro de los “valores” que definen a nuestra actual sociedad, es evidente, que una de sus mejores muestras la tenemos en “El Código da Vinci”. Es un libro que jamás se me hubiese ocurrido leer si no hubiese sido por la “presión social” de los muchos correos que vengo recibiendo y que hacen comentarios sobre el mismo.

En primer lugar debo de aclarar que el autor es un IGNORANTE, así con mayúsculas. Y es una definición, no un insulto ni un menosprecio, Dan Brown es un desconocedor de la historia de la ciencia. Y lo malo es que, como dice un viejo refrán, “nada hay más atrevido que la ignorancia”. Él, y los asesores científicos de la editorial (que se supone debía de estar alerta a los “gazapos”), se permiten poner, negro sobre blanco, datos como los siguientes:

“El matemático Leonardo Fibonacci creó esta sucesión de números en el siglo XIII”, (pgn. 83).

El matemático Fibonacci publicó esa serie de números, junto con varias de sus curiosas propiedades, y algunos procedimientos de álgebra que había recogido de sus aprendizajes de la ciencia musulmana, que ya tenían noticia de dicha serie desde siglos atrás, probablemente recibida de la matemática hindú.

Pero prosigo con otras dos citas textuales:

“Los cocientes de los números precedentes poseían la sorprendente propiedad de tender a 1,618 es decir al número Phi.” (pgn. 120).

“Los primeros científicos bautizaron al 1,618 como «La Divina Proporción»” (pgn..121).

En primer lugar, el denominado “número phi” (que no hay que confundir con “pi”, según advierte el propio Brown), ni existe, ni ha existido nunca en las matemáticas ortodoxas tradicionales. Es un “invento” que no conozco de donde lo ha podido sacar el autor. Por supuesto, y en segundo lugar, el nombre de “divina proporción” es otro invento. El nombre matemáticamente conocido para esa relación, que no está definiendo en el texto, es el de “segmento áureo”. Los lados del cuadrilátero donde se puede encajar el Partenón cumplen esa propiedad: la altura de ese polígono es el “segmento áureo” de la base. Esa dimensión es posible trazarla facilmente sin conocer el número1,618, simplemente con una regla y un compás.

El Renacimiento tomó esa propiedad del clasicismo y la plasmó en obras pictóricas, escultóricas y múltiples edificios, pero jamás llegó a usarse el número 1,618 como tal, puesto que ni los clásicos ni los renacentistas conocían los números árabes y mucho menos la coma, (o el punto), como separador de decimales, que, recuérdese, no aparece hasta el siglo XVII. Por todo ello no logro descifrar a qué personajes se refiere el autor cuando habla de los “primeros científicos”, ¿será que para Dan Brown la ciencia comienza cuando aparece Newton?

Simplemente por no aburrir, la última utopía que aquí voy a citar, (digo utopía por estar fuera de la cronografía científica):

“En la actualidad esa línea estaba en Greenwich, Inglaterra” (evidentemente se refiere al meridiano inicial, que sigue estando allí y no sé por qué utiliza un tiempo verbal inadecuado).

“Pero mucho antes de que en esa localidad se estableciera el primer meridiano, la longitud cero de todo el mundo pasaba directamente por París, y atravesaba la iglesia de Saint-Sulpice. El indicador metálico que se veía hoy era un recuerdo al primer meridiano del mundo” (pág. 136).

Desconocemos donde Erastótenes y Marino de Tiro fijaron el primer meridiano de la Ecumene, pero no hay absolutamente ninguna duda de que Ptolomeo, en el siglo II de nuestra era, lo situó en Las Afortunadas, (actuales Islas Canarias), y que dicho meridiano fue fijado posteriormente en el límite más occidental de la Isla de El Hierro gracias a los viajes de Cristóbal Colón. Es obvio, pues, que su antigüedad es muy anterior a la del meridiano de París.

Queda demostrada, con las someras explicaciones anteriores, la ignorancia crasa de Mr. Brown en relación a la historia del conocimiento científico del autor del muermo que nos ocupa. Podía haber consultado a su padre un poquito más sobre las matemáticas que utiliza en su libro o sobre la parte de la Historia de la Ciencia que desconoce. Pero, es más, su ignorancia histórica corre pareja a la que acabo de exponer. Para muestra, la siguiente perla:

“Construida por los Caballeros Templarios en 1446, la capilla está llena de desconcertantes símbolos de las tradiciones hebrea, cristiana, egipcia, masónica y pagana” (pgn. 529).

Creo que no hace falta ningún añadido, para cualquier persona que conozca la fecha en qué desapareció la Orden del Temple, si se sopesa con cuidado la frase resaltada por mí en negritas.

Si a todo ello unimos una redacción, que haría palidecer de vergüenza a Marcial Lafuente Estefanía, por citar a un autor denostado literariamente hablando; unos “misterios” o “claves” que no lo son para cualquier lector medianamente sutil; unos personajes que no son tales, sino simples soportes para la acción novelesca, junto a una visión absolutamente lineal y estereotipada de las instituciones que presenta. Me pregunto ¿qué es lo que hace que este bodrio sea un best-seller?

Y puedo entender que los intereses editoriales, la publicidad, y la ignorancia de lo que los americanos llaman las mass-media hagan que el libelo se venda. Pero no alcanzo a entender el interés de determinadas revistas o publicaciones que afirman seriamente su nivel científico y “dan cancha” a semejante paparruchada

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