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Muchos recordarán el caso de Apple contra la blogosfera o, para ser más rigurosos, la demanda de Apple contra tres bitácoras (ThinkSecret, AppleInsider y PowerPage) por divulgación de secreto empresarial. Fue un asunto judicial que generó ríos de bytes en la comunidad porque, se decía, vendría a determinar si se le reconocía a los bloggers el derecho a la protección de fuentes o, lo que para muchos era lo mismo, si se le reconocía a los bloggers los mismo derechos que a los periodistas. Vamos, que si los bloggers eran periodistas también.

Uno de los puntos culminantes de aquel proceso fue el protagonizado por el juez James Kleinberg, quien, en una vista preliminar, dictaminó que la denuncia de Apple era legítima, y que las leyes californianas de protección de prensa no eran extensibles a la blogosfera. Poco después, el propio Kleinberg daba marcha atrás, corrigiéndose a sí mismo, y dictaminaba que, sin entrar en las leyes de protección de prensa, el derecho de Apple a proteger sus secretos de fabricación pesaba más que el derecho a la información y el derecho de los bloggers a publicarlo. Es decir, que la protección de fuentes en este caso no era aplicable ni a bloggers ni a periodistas.

Esta importante reinterpretación del caso me llevó, a contracorriente de lo que se postulaba por entonces en la blogosfera, a escribir un post en el que interpretaba que, efectivamente, el juez Kleinberg acababa de igualar a bloggers y periodistas en sus derechos, es decir, los consideraba igual… pero en lo malo. Es decir, que casi estábamos ante una victoria de quienes abogan por una identidad weblogs-periodismo, pero en cualquier caso una victoria pírrica.

Ahora, el Supremo de Estados Unidos viene a confirmar mi tesis, denegando el derecho a la protección de fuentes a dos periodistas inmersos en una investigación que derivó en la publicación de la identidad de una agente de la CIA. Y no es el único caso: otro periodista, Jim Taricani, ha sido condenado también por el mismo motivo. Tanto bloggers como periodistas estarán obligados a revelar sus fuentes siempre y cuando la Justicia lo considere oportuno, es decir que, en la práctica, el derecho al secreto profesional en el periodismo comienza a ser papel mojado (en la blogosfera, incluso más, ya que nunca le fue reconocido). Y eso es grave, muy grave para la libertad de información, como ya se ha apresurado a denunciar Reporteros sin Fronteras.

Este caso es muy interesante y requiere una atenta lectura pues, efectivamente, hay rasgos que pudieran considerarse delictivos y otros que no. Sorprende, por ejemplo, que no se haya procesado a Robert Novak, columnista progubernamental que fue quien reveló la identidad de la agente Valerie Plame, supuestamente dentro de una campaña de acoso de Bush contra aquellos que criticaban la guerra de Irak, y sí a estos dos periodistas, Matthew Cooper (Time) y Judith Miller (The New York Times), que se limitaron a continuar las investigaciones y, en el caso de Miller, sin siquiera nombrar a la agente.

Pero ésta es otra historia. Una historia de periodistas, y no de la blogosfera… ¿o sí? Bloggers, periodistas, bloggers-periodistas… ¡Qué más da! Es la libertad de información en cualquiera de sus ámbitos lo que realmente está en juego. Y no las etiquetas.

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