Lo vi primero en el blog de Enrique Dans: procrastinar (diferir, aplazar). Y luego, en el de Microsiervos, descubrí horrorizado que, en esencia, ese verbo era yo:

“Es esa enfermedad que sirve a diario a casi el 100% de la humanidad geek. La cosa es más o menos así: estoy aburrido, voy a rediseñar mi página, ahora voy a traducir un libro, ahora, no, mejor ahora hago un programita que me baje de Internet todas las letras de Death Metal a mi disco duro en un formato XM… ahora, mejor me compro estos siete libros para aprender “whatever 5.4″ y los pongo sobre la montaña que está junto al televisor, ahí junto a los 7 DVDs que no he visto. Un algo así como: ¡ponte a hacer una cosa nueva, no te preocupes por las otras trescientas también nuevas que te tienen estresado!”

La definición es de Cyberf, a la que personalmente añadiría el propósito de enmienda de procrastinación, que al menos en mi caso, va inseparablemente ligada al hecho mismo de la procrastinación. Aunque, inevitablemente también, siempre acabo procrastinando mi enmienda de procrastinación.

Pues va a ser lo que nos cuentan en How to procrastinate well:

“La cuestión no es cómo no procrastinar, sino cómo procastinar bien”.

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