“¿Cómo explicarles a ellos que es raro encontrar alguien de un país subdesarrollado que tenga problemas morales con lesionar un poquito los intereses de la Universal, Paramount o Sony? Que hasta los ciudadanos decentes piensan que ellos ya tienen suficiente dinero, cuando no consideran escandalosas sus ganancias. Que nadie se siente ladrón por no contribuir a la fabulosa fortuna de Tom Cruise, que no se sienten obligados a financiarle otra mansión a Spielberg, ni siquiera colaborar con las buenas acciones del hombre más rico del mundo, Bill Gates. Y que por mucho que nos guste Madonna, no se sienten culpables por no colaborar a sufragar su nueva piscina. “Que se ganen los millones sudando en un escenario”, que la carne y los gorgoritos del directo siguen siendo imposibles de piratear, como afirma un vendedor de discos piratas del persa Biobío que destila ese profundo y oculto resentimiento hacia los ricos y que libera de la culpa al comprador”.

Más en este curioso artículo de La Nación.

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