La prensa ha fracasado. Lo mires como lo mires, lo pongas hacia arriba o hacia abajo, les des mil vueltas o no se las des. Ha perdido capacidad de inmediatez, de credibilidad, de rigor, de calidad informativa y literaria, de complicidad con la ciudadanía, de rentabilidad… Y la culpa no ha sido de Internet, ni de la crisis, ni de la cada vez menor cualificación del periodista, ni del mal llamado ‘intrusismo’, ni de la escasez de papel, ni siquiera de su ya evidente sumisión a los dictados de empresas y partidos… O quizá haya sido todo eso a la vez: el resultado de un modelo empresarial que, como en el caso de la industria de la cultura, no ha sabido y no ha querido adaptarse a los profundos cambios que están marcando el trasvase de milenio.

La industria del periodismo de papel es hoy un barco que naufraga sin rumbo, incapaz de recuperar el liderazgo que hasta hace poco ejercía sobre el conjunto de los medios, de mantener sus niveles de influencia y, aún peor, de sostenerse económicamente ni de garantizar la integridad laboral de aquellos que son materia prima y cimiento de su propuesta: los periodistas.

No pueden decir los ejecutivos, editores, gerentes y directores generales que no estaban avisados. Los síntomas eran evidentes; las advertencias, muy claras; y los derroteros, peligrosos:

En el campo tecnológico, la prensa ha ido siempre a rebufo de la vanguardia. A pesar de que, desde el último cuarto del pasado siglo, la revolución tecnológica era más que evidente, las empresas del sector, imbuidas de una mezcla de racanaería, escasa visión de futuro y ese cierto aroma decimonónico con el que se ha querido identificar, no dieron los pasos convenientes ni en el momento preciso ni de la forma adecuada. La necesidad de un incremento notable de los presupuestos destinados a recursos materiales (la tecnología era el futuro, pero era muy cara) convirtió esta readaptación un mal necesario (no una oportunidad) que se iba toreando en formato de ‘cuando no quede más remedio’.

Al tiempo, en el otro extremo se situaban los ‘visionarios’, aquellos que entendían que la tecnología por sí misma, aislada del factor humano que debe acompañarla para ser efectiva, resultaría la panacea: inversión en ordenadores y reducción drástica de plantillas. Todo esto, además, sin un esfuerzo por la formación y actualización del personal; prescindiendo en la mayor parte de los casos de aquellos elementos capaces de liderar y sostener el cambio y apostando por otros a los que, simplemente, resultaría muy caro despedir o reciclar.

En este estado de cosas, se produce el primer gran pecado del periodismo contemporáneo: la infravaloración del periodista. Para la empresa, especialmente aquellas de reciente creación o con responsables de la generación ‘yuppie’ que sustituían a editores y gerentes involucrados de forma entusiasta con el periodismo (piedras básicas para el exitoso desarrollo del sector durante el siglo XX), los periodistas pasaron de ser ese profesional especializado, formado y no necesariamente en la universidad, al que había que mimar porque era la base de toda la estructura, a ser considerados un mero eslabón más de una cadena de producción. Un eslabón cuya cualificación tenía una importancia relativa porque, imaginaban en su quimera empresarial, daba igual lo que se publicase: había surgido una nueva ‘clase’ capaz de convertir en oro lo que tocara, preparada para encantar al lector y a los clientes con cantos de sirena, de vender un mal producto, de rentabilizar lo mediocre, llamada a solucionar la crisis galopante que comenzaba a atenazar al sector. Se había redescubierto el ‘departamento comercial’ (*).

El modelo estaba claro:

  1. Tecnología, la indispensable
  2. Periodistas, los indispensables
  3. Sueldos periodísticos, lo más ajustados posibles
  4. Formación y actualización, cero
  5. Calidad, depende
  6. Acción comercial, máxima
  7. Sueldos de los responsables comerciales, por las nubes
  8. Relevancia de los directores periodísticos y comerciales, a la par, cuando no superior en el segundo caso
  9. Intromisión comercial en contenidos periodísticos, lo que haga falta
  10. Los periódicos no se venden por el contenido, sino por las promociones
  11. El objetivo no es el lector, son las audiencias (nótese la paradoja)
  12. El periódico es una plataforma donde se incluyen noticias en el lugar que deja libre la publicidad
  13. De esos espacios que quedan libres, una parte importante se debe dedicar a dar cobertura a anunciantes, accionistas y alianzas económicas o políticas estratégicas para el medio
  14. De eso se encargará el núcleo duro (periodistas más o menos contrastados, pero siempre afectos)
  15. El resto lo puede hacer cualquiera

Y no se puede decir que no funcionara. El nuevo ‘boom’ de la prensa trajo consigo una era de vacas gordas que reportó pingües dividendos a las empresas en una fórmula que parecía definitiva. Las nuevas estrategias habían triunfado. El viejo periodismo de calidad había sido superado por el periodismo de consumo. La piedra filosofal.

Sin embargo, muy pocos entre los responsables (no así entre analistas y periodistas sensibilizados) fueron capaces de ver el peligroso cortoplacismo de esa propuesta y cómo la auténtica crisis del sector se iba larvando en el mismo corazón de la euforia:

  • El lector comienza a sentirse estafado
  • Se descuidan las estrategias de adaptación a la vanguardia tecnológica
  • Se descuidan las estrategias de formación y actualización del personal
  • Los sueldos siguen a la baja
  • Los ajustes de plantilla siguen al alza
  • Uso y abuso de los contratos temporales
  • Las ganancias obtenidas no se invierten en las redacciones; en su lugar se apuesta por invertir en grandes sedes, sueldos desorbitantes en las altas esferas y otros dispendios de dudosa efectividad
  • Irrumpe Internet

Irrumpe Internet. Oh. Y los coge a todos con el paso cambiado. De repente, la necesidad de estar al día (y saber usar) las nuevas tecnologías se presenta en toda su crudeza, legiones de lectores comienzan a dejar de consumir promociones acompañadas de periódicos y se pasan a la Red, el concepto de información se tranforma y democratiza, medios nativos digitales logran importantes cuotas de audiencia…

El resto es suficientemente conocido. Ese período de indefinición que ha marcado los últimos 15 o 10 años: el debate entre si hay que estar o no en Internet, primero; sobre cómo hay que estar, segundo; sobre la evidencia de que hay que estar y con todas sus consencuencias, tercero; de si estar significa integrarse con el papel, deslindarse del papel o abandonar el papel, cuarto; y la incipiente sospecha de que es posible que en un futuro a medio plazo, definitivamente, ya no sea posible siquiera sostener el negocio del papel.

La tarta publicitaria se divide aún más, los ingresos por publicidad y por venta se reducen, las promociones naufragan… El castillo de naipes se viene abajo, pero los responsables siguen empecinados en sostener el modelo y en recortar precisamente allí de donde único puede llegar la salvación: el capital humano y, en especial, la cualificación, imposible de sostener con una política de despidos sistemáticos, contratos basura y sueldos miserables.

Sólo faltaba la puntilla. Y esa puntilla lleva el nombre de ‘crisis’. Crisis que, como hemos visto, no es en absoluto responsable de la debacle sino la gota que ha colmado el vaso de un modelo empresarial torpe, desatinado y temerario. Y, si me apuran, al menos en este sector, lógica consecuencia de todos esos errores que hemos venido analizando.

Así que la prensa se encuentra atrapada, ahora, en esta coyuntura de crisis financiera internacional, en el fuego de sus propias contradicciones: la imposibilidad de retornar a un periodismo de calidad que pueda competir con Internet y su escasa disposición a liderar la industria de la comunicación en la Red. Un ámbito que ni conocen ni entienden ni controlan, pero que es su única vía de salida. Un ámbito distribuido y democrático en el que los viejos métodos no funcionan, en el que impera la multidireccionalidad del heho comunicativo, la transparencia y la honestidad, la cualificación técnica y periodística (la del nuevo periodista adaptado al medio), en el que nadie paga por promociones ni por contenidos, sino sólo por aquello que aporte un valor añadido, donde las audiencias no son estimadas, sino reales… en fin, en un territorio para el que no están preparados y donde el capital humano vuelve a ser fundamental. Tan fundamental que la mayoría de los medios de mayor éxito y proyección que habitan la Red están integrados y liderados, mire usted por dónde, ¡por los mismos periodistas que fueron y siguen siendo despedidos! Los que sí podían haber coadyuvado a la regeneración del sector. Despedidos, por cierto, por quienes han fracasado estrepitosamente como gestores de la industria de la comunicación.

Aún se está a tiempo de salvar si no al papel, sí al menos la empresa; pero no será, desde luego, despidiendo periodistas (no lo ha sido hasta ahora) y huyendo hacia adelante sin autocrítica ni replanteamiento como se podrá superar la catástrofe. Es preciso un análisis profundo de la realidad y del concepto de periodismo en esta nueva era, y adoptar las decisiones oportunas. Pero, sobre todo, se hace urgente una profunda transformación de la estrategia empresarial. Los recortes y los despidos son, desde luego, la vía más fácil para eludir problemas. Pero para ese viaje no se hace uno empresario ni se precisa ejecutivos formados en las mejores universidades del mundo. A ellos se les exige ideas y medidas acorde con los tiempos, efectivas, sensatas y arriesgadas a la vez. Medidas que sean capaces de abrir el espectro de oportunidades y de certificar la supervivencia de las empresas garantizando no sólo los puestos de trabajo, sino fomentado el reciclaje. En el periodismo del siglo XXI, el capital humano sigue siendo tan fundamental como en el del XIX y el XX: Y ese capital se compone de periodistas y lectores. E incluso de lectores-periodistas o periodistas-lectores, otro nuevo fenómeno y otro nuevo reto de esta era digital. Traicionar este concepto básico es un suicidio para cualquier empresa periodística. Lento, sutil y calmo, si quieren, pero suicidio al fin y al cabo.

Este texto ha surgido en solidaridad con los despedidos por el ERE de ‘ABC‘ y del resto de medios españoles e internacionales que atraviesan por la misma situación, entre los que me encuentro.

(*) Cuando hablo de ‘departamento comercial’ no hago referencia, ni mucho menos, a los trabajadores y directivos de esas secciones, que han sufrido exactamente igual que periodistas y resto de personal los efectos de este proceso. Hago referencia al ‘departamento comercial’ como concepto sobredimensionado y desajustado dentro de ese temerario modelo de desarrollo empresarial.

Imagen del post tomada de LaOtra TPA

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