Añadir Mangas Verdes como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
Una misma sentencia trazó dos líneas muy distintas para la inteligencia artificial. El juez William Alsup consideró uso legítimo que Anthropic entrenara sus sistemas con obras protegidas adquiridas legalmente, pero dejó fuera de esa protección la descarga ilegal de más de siete millones de copias de libros y su conservación en una biblioteca central permanente.
El tribunal separó el entrenamiento de la piratería
La demanda colectiva llegó en 2024 y colocó en el centro una pregunta incómoda. ¿Puede una empresa alimentar un modelo con libros con derechos de autor y, al mismo tiempo, responder por cómo consiguió parte de ese material?
Alsup contestó con una distinción que cambia mucho el mapa judicial. Una cosa fue el entrenamiento con obras compradas legalmente y otra, muy distinta, la descarga desde LibGen, PiLiMi y Books3.
El juicio sobre la responsabilidad por piratería quedó fijado para el 1 de diciembre de 2025, y ahí se discutirá tanto la cuantía de los daños como el posible carácter doloso de la infracción.
La diferencia económica no es menor.
En Estados Unidos, la indemnización legal por infracción dolosa puede llegar hasta 150.000 dólares por obra, mientras que si la infracción se considera inocente baja hasta 200 dólares. Ese margen explica por qué la discusión jurídica no gira solo alrededor de los libros, sino también de la intención.
Anthropic aceptó pagar y destruir los archivos
El caso no terminó solo con una fecha de juicio. Anthropic aceptó pagar 1.500 millones de dólares por 482.460 obras incluidas en el acuerdo y asumió además la destrucción de los archivos originales y de cualquier copia derivada de las obras descargadas.
Dicho de otro modo, la empresa puso precio a una parte concreta del conflicto. La cifra equivale a aproximadamente 3.000 dólares por obra.
El Tribunal de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Norte de California aprobó el acuerdo el 20 de julio. Esa combinación de pago y destrucción convierte la biblioteca central permanente en algo más que un detalle técnico, porque la biblioteca era justamente una de las piezas que el juez dejó fuera del uso legítimo.
En esa tensión entre comprar, copiar y conservar aparece un debate que ya venía creciendo en los pleitos sobre entrenamiento con obras protegidas.
Getty Images acotó qué puede hacer ChatGPT con sus fotos
El frente de texto no es el único. El 21 de junio Getty Images anunció un acuerdo con OpenAI para visualizar contenidos protegidos dentro de la búsqueda de ChatGPT, una decisión que afecta a un archivo vinculado a cerca de 600.000 creadores.
La licencia, sin embargo, viene con una barrera muy clara. Permite mostrar imágenes en la búsqueda de ChatGPT, pero no se extiende al entrenamiento de modelos ni al uso comercial, la publicación o la descarga por parte de los usuarios.
Ahí está una de las claves de esta etapa. Ver no equivale a entrenar, igual que acceder no equivale a reutilizar sin límites.
Getty Images también demandó a Stability AI en Estados Unidos y el Reino Unido por el presunto uso de millones de imágenes para desarrollar Stable Diffusion. El caso terminó exhibiendo otro problema menos visible y muy actual, porque la geografía de los servidores puede complicar la defensa de los derechos tanto como la propia tecnología.
La jurisdicción también decidió qué podía reclamarse
En noviembre de 2025, el Tribunal Superior de Inglaterra y Gales dejó a la vista la dificultad de proteger derechos de autor cuando el entrenamiento se produce en otra jurisdicción. Getty Images admitió no tener pruebas de que ese entrenamiento hubiera ocurrido en el Reino Unido y retiró la reclamación antes de los alegatos finales.
No siempre basta con sospechar que una obra acabó dentro de un modelo. A veces el verdadero cuello de botella consiste en demostrar dónde ocurrió ese uso y bajo qué ley puede juzgarse, una discusión que conecta con la carrera por los libros que ya ha llevado a varias tecnológicas a los tribunales.
Laura Villarraga, abogada de Kepler-Karst, aparece en ese paisaje como una de las voces jurídicas que ayudan a leer un conflicto donde la pregunta ya no es solo qué puede aprender una máquina, sino qué rastro deja el camino que siguió para aprenderlo.
Al final, la escena queda fijada en una contradicción difícil de esquivar. Un tribunal puede aceptar el entrenamiento con obras compradas legalmente y, al mismo tiempo, obligar a pagar 1.500 millones de dólares y destruir archivos derivados de copias descargadas ilegalmente.