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Una frase atribuida a Dario Amodei encendió una discusión incómoda sobre quién debe controlar la inteligencia artificial. Gavin Baker, inversor de Atreides Management, contó en el pódcast All-In que había oído al consejero delegado de Anthropic sugerir un mundo con una sola empresa privada y con los gobiernos como únicos actores restantes.
Sholto Douglas lo negó de forma frontal.
Douglas, líder técnico de infraestructura en Anthropic, respondió en X y llamó a esa versión “completamente falsa”. Además, remitió a un ensayo que Amodei publicó en enero en su blog, donde la concentración económica del poder aparece precisamente como una de las grandes preocupaciones de la empresa.
Baker convirtió la regulación en el centro del choque
Baker sostuvo que la regulación concentra de manera inevitable el poder en unas pocas empresas y en políticos elegidos. Para reforzar esa idea, recuperó una frase de Mark Zuckerberg sobre el riesgo de apostarlo todo a un único poder concentrado y benevolente, una fórmula que, recordó, no ha llevado históricamente a resultados seguros ni positivos.
Ahí aparece la contradicción que domina buena parte del debate actual sobre IA, porque el mismo instrumento que unos ven como freno a los gigantes otros lo consideran la única manera de limitar su tamaño real.
Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, contestó que presentar la discusión como una elección entre concentrar el poder mediante regulación o distribuirlo ampliamente es una falsa disyuntiva. Su argumento va en otra dirección y sostiene que unas reglas bien diseñadas pueden frenar a los laboratorios de frontera y dar más margen a competidores más pequeños.
Anthropic se quedó casi sola al pedir límites
La posición de la empresa no encaja con el reflejo dominante en Silicon Valley.
La mayoría de los grandes laboratorios de IA firmaron una carta abierta impulsada por Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, para pedir al Gobierno de Estados Unidos que no impusiera restricciones ni regulaciones severas a los modelos de frontera. En ese grupo faltaban Anthropic y Amazon, una ausencia que situó a la compañía de Amodei en un lugar incómodo dentro de la industria.
Ya había mostrado esa inclinación en otros frentes, como su defensa de frenar la IA de vanguardia, y también al respaldar un proyecto de ley de California que exige transparencia de forma específica a las grandes empresas de IA. Amodei también detalló dentro de la administración Trump planes de pruebas previas al despliegue para sus modelos más punteros.
No es un matiz menor.
Amodei también apoyó la creación de un organismo de supervisión independiente al estilo de la FINRA, una propuesta asociada a Demis Hassabis, director ejecutivo de Google DeepMind. La idea introduce una tercera vía entre el laissez faire y el control directo del Estado, algo poco habitual en una discusión que suele reducirse a dos bandos irreconciliables.
La pelea por la regulación también es una pelea por la confianza
Amodei calificó la retórica de Baker de desproporcionadamente negativa para la percepción pública de la IA. Su tesis es que el problema de fondo no nace solo de una disputa sobre normas, sino de una crisis de confianza en las corporaciones y en las instituciones que arrastra décadas.
Incluso ahí, Amodei no descargó la responsabilidad fuera de su sector. Señaló que la crítica más certera a compañías como Anthropic es que todavía no han cumplido sus grandes promesas de beneficiar al mundo, y añadió que ese fallo recae totalmente sobre ellas.
"La IA debería ser abierta, distribuida y diversa por defecto" - Yann LeCun, científico jefe de IA en Meta
Esa frase de Yann LeCun resume una intuición extendida en la industria, pero no resuelve el nudo central. Si abrir y distribuir parecen respuestas obvias, la discusión real empieza cuando entran en juego los modelos de frontera, las pruebas antes del despliegue y las exigencias de transparencia para los actores más grandes.
Al final, la disputa no gira solo en torno a quién tiene razón sobre la regulación, sino sobre quién merece que el público le crea. Y en ese terreno, Anthropic discute al mismo tiempo contra la desconfianza hacia las grandes tecnológicas y contra una objeción más simple, formulada por su propio consejero delegado, cuando admite que todavía no han cumplido las promesas con las que pidieron esa confianza.