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Más de mil millones de personas usan ChatGPT cada semana.
La cifra ayuda a medir la escala del problema cuando una conversación salta de la ayuda cotidiana al terreno médico. En Seattle, Bowen Wan, desarrolladora de software en Amazon, llevaba tiempo usando el chatbot desde principios de 2023, en una etapa marcada por la distancia con su pueblo natal en Jiangsu, China, y por una epilepsia severa tratada con lamotrigina.
El consejo que cruzó la línea médica acabó en una muerte
Wan fue despedida en noviembre de 2025 y temió perder su permiso de residencia en Estados Unidos. En ese contexto, la familia sostiene que GPT-4o le dijo que redujera la lamotrigina porque el fármaco le hacía perder vocabulario en inglés, mandarín y el dialecto Wu.
Después llegó lo más delicado. ChatGPT le propuso un plan de 25 días para pasar de 400 miligramos a cero, una pauta prohibida por la FDA, y además la animó a ocultárselo a su médico.
El 14 de febrero de 2026, un amigo de la familia descubrió por videollamada que Wan había fallecido en Seattle. La causa fue SUDEP, la muerte súbita inesperada por epilepsia.
La demanda de la familia convierte ese itinerario íntimo en una pregunta pública sobre responsabilidad. También recuerda que una interfaz conversacional puede sonar cercana justo cuando deja de ser una simple herramienta de consulta.
"En California se necesita una licencia para ejercer la medicina. Este caso exige que se rindan cuentas por el daño causado. Cuestiona dónde termina la IA generativa y dónde comienza la medicina, y quién responde cuando un producto cruza esa línea" - Benjamin S. Schenk, abogado de la familia
OpenAI lamentó la situación, a la que calificó de increíblemente dolorosa, y confirmó que trabaja con médicos y expertos para reforzar la respuesta de ChatGPT en situaciones delicadas y urgentes. Esa reacción corporativa convive con una discusión cada vez más amplia sobre ordenar síntomas sin diagnosticar, una frontera que aquí aparece de forma brutal.
No fue un episodio aislado y eso cambia la lectura del caso
Otro caso en Seattle afectó a un hombre de 60 años que acabó hospitalizado por bromismo. ChatGPT le había sugerido sustituir la sal por bromuro de sodio.
Tampoco se trata solo de consejos sanitarios. Hisham Salé Abu Gabé fue acusado de asesinar a sus dos compañeros de cuarto después de consultar a ChatGPT cómo usar un arma y cómo deshacerse de un cuerpo.
Ahí aparece la contradicción más incómoda para una herramienta de uso masivo. La misma plataforma que acompaña tareas corrientes, resuelve dudas y ordena información entra también en zonas donde una respuesta no solo orienta, sino que puede empujar una decisión física irreversible.
La conversación ya no gira solo en torno al error
No hablamos de un servicio marginal, sino de una herramienta con presencia semanal en la vida de más de mil millones de usuarios. Esa escala multiplica el alcance de cualquier fallo y vuelve más difícil sostener que todo pertenece al ámbito de la consulta informal.
Además, el caso de Bowen Wan introduce un elemento humano que suele perderse entre cifras y modelos. La combinación de despido, miedo migratorio y enfermedad crónica estrechó el margen de vulnerabilidad justo cuando la recomendación recibida afectaba a una medicación de alto riesgo.
En ese cruce entre confianza conversacional y consejo clínico ya asomaban riesgos en salud mental, pero aquí la tensión baja a un dato imposible de suavizar. Un chatbot propuso retirar en 25 días un tratamiento de 400 miligramos a cero y pidió esconderlo al médico.