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Mientras media oficina aprende a pedirle tareas a ChatGPT o Copilot, un trabajador de la Universidad de Kentucky ha logrado justo lo contrario.
David Durman, administrador de investigación de esa universidad, obtuvo una exención legal para no usar herramientas de inteligencia artificial en su puesto. Su argumento no gira en torno a la productividad ni a la seguridad, sino a algo menos habitual en este debate, su idea de lo que significa pensar y decidir por cuenta propia.
Durman llevó el conflicto al terreno de la conciencia
Durman sostiene que delegar su capacidad de razonamiento y de toma de decisiones en estos sistemas choca con sus principios personales como humanista. En su caso, la objeción no parte de un rechazo general a la tecnología, sino de una frontera moral sobre qué partes del trabajo considera inseparables de la persona.
"El trabajo que implica pensar sobre la situación, mi ética y la forma en que trato a otras personas es fundamental para poder desarrollarme como persona moral". - David Durman, administrador de investigación de la Universidad de Kentucky
No es una negativa total a convivir con la IA.
La universidad aceptó su petición al amparo del Título VII de la Ley de Derechos Civiles de 1964, una norma que prohíbe la discriminación laboral por motivos religiosos y cuya protección alcanza también al humanismo en la jurisprudencia federal de Estados Unidos. Ese detalle convierte un gesto individual en un caso laboral con base jurídica reconocible.
La exención existe, pero no borra la IA del trabajo diario
Durman sigue obligado a acudir a reuniones y a colaborar con compañeros que sí utilizan estas herramientas. También debe facilitar documentos para que otros los procesen con sistemas de inteligencia artificial cuando el trabajo lo requiera.
Ahí aparece la contradicción más interesante del caso. La exención protege su negativa personal a usar estos programas, pero no lo saca de un entorno donde esas herramientas ya forman parte de la rutina compartida, algo que recuerda debates recientes sobre supervisión del trabajo automatizado.
La ley pide convicción profunda y un coste asumible
Para obtener una adaptación de este tipo no basta con manifestar incomodidad.
La exención exige demostrar que las creencias son profundas y que acomodarlas no impone una dificultad excesiva al empleador. Dicho de otro modo, la universidad no reconoce una preferencia, sino una convicción que considera compatible con la organización del trabajo.
El caso gana relieve porque llega en un momento en que alrededor de la mitad de los trabajadores estadounidenses ya usa inteligencia artificial de alguna forma en su entorno laboral. En ese paisaje, apartarse de estas herramientas deja de parecer una rareza privada y pasa a convertirse en una pregunta sobre autonomía profesional, aprendizaje y dependencia, una discusión que también aflora en estudios sobre riesgos de dependencia.
Alrededor de la mitad de los trabajadores estadounidenses ya utiliza IA en el trabajo, pero Durman ha conseguido que la ley le reconozca el derecho a no pensar con ella.