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La inteligencia artificial ya no se discute solo en términos de potencia o modelos. En España, el debate entra de lleno en otro terreno, el de quién controla los datos, dónde corre la infraestructura y qué margen real tienen las empresas cuando la geopolítica empieza a pesar tanto como la tecnología.
Eso ayuda a leer una cifra que sobresale por sí sola. El 96% de las empresas españolas considera clave la inteligencia artificial privada y soberana.
Las compañías españolas miran la IA y también el mapa
El Informe global de IA 2026 de NTT Data sitúa a España un punto por encima de la media global en esa preocupación por una inteligencia artificial privada y soberana. No es un matiz menor cuando el estudio recoge respuestas de unos 5.000 altos responsables de toma de decisiones en 30 mercados y cinco regiones, entre ellos 75 directivos españoles de más de una docena de sectores.
Más llamativo aún resulta el dato geográfico. El 97% de las compañías en España valora mover sus infraestructuras de inteligencia artificial a ubicaciones concretas por preocupaciones geopolíticas.
Esa idea de soberanía no nace solo de una cuestión jurídica. También habla de dependencia técnica, de exposición internacional y de la necesidad de decidir dónde residen los sistemas que procesan información sensible, una preocupación que ya aparece en el control de la nube y los chips cuando la infraestructura queda concentrada en muy pocas manos.
"la soberanía y la privacidad de la IA ya condicionan la competitividad y la capacidad de las organizaciones para transformar la IA en valor de negocio" - Andrea Cacciapaglia, socio responsable de Datos e Inteligencia Artificial de NTT Data
España cree que ya tiene base para desplegar la siguiente ola
Aquí aparece una segunda capa del informe, y casi una paradoja. El 100% de las empresas españolas considera que su infraestructura actual puede responder a las demandas presentes.
A la vez, el 95% afirma que esa infraestructura está lista para el despliegue de la inteligencia artificial agéntica. Hablamos de sistemas capaces de ejecutar tareas con mayor autonomía, así que no se trata solo de tener servidores o capacidad de almacenamiento, sino de sostener operaciones más complejas en entornos híbridos.
Ahora bien, que la base se perciba como suficiente no elimina los cuellos de botella. La propia expansión de la IA ya ha desplazado el foco hacia centros de datos, energía y territorio, como muestran el consumo eléctrico de la infraestructura global y la concentración física de los sistemas más avanzados.
La regulación pesa más que la complejidad técnica
Si casi todas las empresas dicen estar preparadas, el freno no desaparece, solo cambia de sitio.
La principal barrera en España para adoptar modelos privados y soberanos es la regulación con un 28%, seguida de la inversión necesaria con un 27%, la complejidad técnica con un 24% y la falta de talento especializado. El orden importa porque desplaza la conversación desde el laboratorio hacia el cumplimiento normativo, el presupuesto y la capacidad de encontrar perfiles que sepan operar estos sistemas.
Un tercio de los encuestados en España señala la seguridad y la ventaja competitiva como motivos para invertir en estrategias soberanas. Otro 23% apunta a la simplificación del ecosistema tecnológico, una expresión que aquí se traduce en algo bastante concreto, menos dependencia dispersa y más control operativo.
Andrea Cacciapaglia, socio responsable de Datos e Inteligencia Artificial de NTT Data, profundiza en ese equilibrio entre control y escala.
"Las empresas entienden cada vez mejor que escalar la IA requiere control sobre los datos, seguridad, cumplimiento normativo y capacidad de operar en entornos híbridos complejos. El diferencial estará en la capacidad de orquestar ese ecosistema sin perder agilidad ni capacidad de innovación" - Andrea Cacciapaglia, socio responsable de Datos e Inteligencia Artificial de NTT Data
Al final, la fotografía española combina confianza interna y presión externa. El 100% cree que puede atender las demandas actuales, pero el 97% ya piensa en mover infraestructuras por motivos geopolíticos, una distancia mínima entre sentirse preparado y temer que el terreno cambie bajo los pies.