La inteligencia artificial suele presentarse como algo ligero, casi etéreo, pero funciona apoyada sobre una infraestructura que pesa mucho en electricidad, agua y territorio. El año pasado había 11.033 centros de datos en el mundo y 4.165 estaban solo en Estados Unidos.
No hablamos de una red repartida de forma equilibrada. Más del 90 % de los centros equipados con chips sofisticados y con la refrigeración necesaria para los modelos de IA más avanzados se concentra en Estados Unidos y China.
La nube consume como un país mediano
En 2025, esos centros consumieron 448 teravatios hora de electricidad. La comparación ayuda a poner la escala en su sitio, porque esa cifra quedó algo por debajo de Francia, con 468 teravatios hora, y por encima de Arabia Saudita, con 422.
Detrás de cada consulta hay un gesto cotidiano y una factura material. Los centros de datos procesan más de 900.000 millones de consultas al año, mientras Google mueve entre 9.000 y 14.000 millones al día, entre cuatro y seis veces más que la cifra de IA.
Esa diferencia también revela algo incómodo. La inteligencia artificial acapara la conversación pública, pero convive con un volumen mucho mayor de búsquedas y servicios digitales que ya habían convertido los centros de datos en una pieza central de la economía conectada, como ya se vio en el salto eléctrico previsto para 2030.
El agua también entra en la ecuación
La electricidad no agota el problema. El consumo de agua de los centros de datos basta para cubrir las necesidades anuales de más de 135.000 personas que viven en el África Subsahariana.
Si la tendencia sigue la trayectoria prevista, la huella hídrica asociada a estos centros alcanzará 9,3 billones de litros de agua al año a finales de la década. La cifra obliga a mirar más allá del brillo de las pantallas y hacia los sistemas de refrigeración que sostienen esa potencia de cálculo.
Tampoco el impacto climático cabe en una nota al pie, porque harían falta 3.200 millones de árboles para compensarlo. La imagen no resuelve el problema, pero sí traduce una magnitud abstracta a algo que cualquiera puede imaginar.
Las imágenes dispararon una demanda que ya no cabe en metáforas
En 2023 se generaban aproximadamente 34 millones de imágenes al día en todo el mundo. La cifra actual es casi diez veces superior, una aceleración que ayuda a entender por qué la presión sobre chips, energía y refrigeración dejó de ser un debate reservado a ingenieros.
Ahí aparece una contradicción interesante. Lo digital parece instantáneo, pero depende de edificios físicos, redes eléctricas y circuitos de agua cuya expansión ya había mostrado límites en los cuellos de botella energéticos que rodean a los nuevos centros.
El valor económico crece mientras la factura material se hace visible
El valor asociado a la IA ya supera el PIB anual de Brasil, que fue de 2.186 billones en 2024, también el de Canadá, con 2.244 billones, y el de Italia, con 2.381 billones. Pocas comparaciones retratan mejor el tamaño económico del fenómeno.
Sin embargo, ese valor no flota solo en balances y promesas de productividad. Descansa sobre una infraestructura que en 2025 gastó 448 teravatios hora de electricidad y que, a finales de la década, podría arrastrar una huella hídrica de 9,3 billones de litros al año.
El informe Environmental cost of AI’s energy use. Carbon, Water and Land Footprints fue publicado el 3 de junio de 2026 por el United Nations University Institute for Water, Environment and Health. Dos días antes de esa fecha, Hannah Ritchie había puesto el foco en la misma pregunta con su análisis sobre cuánta electricidad consume la IA, publicado el 5 de mayo de 2026.
Vista así, la discusión ya no gira solo en torno a qué puede hacer la inteligencia artificial, sino a qué recursos exige para hacerlo. Y el dato más terco sigue ahí, porque más del 90 % de los centros preparados para la IA más avanzada está en solo dos países.