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¿Cuánto riesgo admite una tecnología antes de que la conversación deje de ser técnica y empiece a parecerse a la de una pandemia o una guerra nuclear?
Lila Ibrahim, responsable de preparación ante la IA de Google DeepMind, no quiso poner una cifra cerrada a la probabilidad de una catástrofe ligada a la inteligencia artificial que amenace la supervivencia humana. Su respuesta fue más incómoda que tranquilizadora cuando dijo que cualquier número por encima de eso sería solo una suposición suya y que la probabilidad no es cero.
Las cifras cambian, pero nadie relevante la baja a cero
En 2023, Ibrahim firmó junto a investigadores y ejecutivos de OpenAI, Anthropic y DeepMind una declaración que pedía tratar el riesgo de extinción por IA con la misma seriedad que las pandemias o las guerras nucleares.
Geoffrey Hinton, premio Nobel, ha situado esa probabilidad entre el 10 % y el 20 %. Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, calculó en 2025 que había alrededor de un 25 % de opciones de que las cosas fueran realmente mal.
No es un matiz menor.
La diferencia entre no dar cifra, hablar de un 10 % o subir al 25 % no cambia el núcleo del debate. Cambia, más bien, el grado de vértigo con el que cada uno está dispuesto a nombrarlo.
El informe de 2026 baja la discusión al terreno cotidiano
Frente a esos pronósticos extremos, el International AI Safety Report 2026 aterriza el problema en daños que ya tienen forma reconocible. El documento identifica fraudes con voces e imágenes falsas, ciberataques asistidos por IA, errores en sistemas autónomos, transformación del empleo y concentración tecnológica en pocas compañías.
Ahí está la paradoja de esta etapa. Mientras una parte del sector discute sobre escenarios de desaparición humana, otra ya lidia con ataques asistidos por IA y con falsificaciones que circulan con una facilidad que hace unos años parecía propia del cine.
Más de un centenar de especialistas participaron en la elaboración de ese informe junto a representantes de 29 países, Naciones Unidas, la OCDE y la Unión Europea. Esa combinación sugiere que la discusión ya no pertenece solo a laboratorios y consejos de administración, sino también a organismos que suelen entrar en escena cuando el problema desborda a una sola empresa o a un solo país.
El dinero aparece incluso cuando alguien anuncia que dejará de importar
Elon Musk ha asegurado recientemente que el dinero no importará en 2036.
Sin embargo, buena parte de los riesgos que el informe enumera remiten justo a poder, acceso y concentración. Si unas pocas compañías controlan la infraestructura, los modelos y la capacidad de despliegue, la promesa de abundancia convive con una pregunta mucho más terrenal sobre quién decide, quién gana margen y quién asume el coste de los fallos.
También el empleo entra en esa zona de fricción, igual que la seguridad digital y la confianza pública. No se habla solo de máquinas más capaces, sino de sistemas que ya empujan cambios en el trabajo, en la autenticidad de lo que vemos y oímos y en el reparto de poder técnico.
Quizá por eso la frase más reveladora de Ibrahim no fue una cifra, sino una renuncia a fingir precisión. Entre el 10 % de Hinton, el 25 % de Amodei y ese no es cero, la discusión sobre la IA acaba apoyándose en algo menos abstracto que el apocalipsis y mucho más inmediato que la desinformación facilitada por IA, los fraudes con voces falsas y la concentración tecnológica en pocas manos.