IA y ciencia: el 32,3% la usa cada semana, pero el 62,4% cree que facilita la desinformación

Un informe de la FECYT con 2.215 encuestados revela que la IA se usa a menudo para informarse sobre ciencia, aunque la mayoría cree que también difunde bulos.

10 de julio de 2026 a las 14:23h
IA y ciencia: el 32,3% la usa cada semana, pero el 62,4% cree que facilita la desinformación
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La inteligencia artificial ya ha entrado en una rutina curiosa y contradictoria. Un 32,3% de las personas encuestadas la usa al menos cada semana para informarse sobre ciencia, pero el 62,4% cree al mismo tiempo que estas herramientas facilitan la difusión de desinformación.

Ahí aparece una de las tensiones más llamativas del nuevo informe de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, elaborado dentro del proyecto Iberifier Plus. Lo firman Celia Díaz Catalán, investigadora en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, y Pablo Cabrera Álvarez, investigador del Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex, a partir de una muestra de 2.215 personas.

Se usa aunque no termine de creerse.

El dato diario dibuja además una brecha generacional nítida. El 14,3% de los encuestados recurre a la inteligencia artificial cada día para informarse sobre temas científicos, pero esa cifra sube al 28,8% entre los jóvenes de 16 a 24 años y cae al 7% entre los mayores de 65.

Los propios autores condensan esa paradoja en una frase que explica mucho del consumo digital actual.

"Se consume lo que no se cree del todo, quizás porque es lo más accesible y lo más inmediato" - Celia Díaz Catalán, investigadora en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, y Pablo Cabrera Álvarez, investigador del Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex

No es una sospecha abstracta ni una prevención teórica. El 29,8% de los encuestados afirma haber recibido bulos a través de estas herramientas, una cifra que convierte la conversación sobre chatbots y ciencia en algo bastante más doméstico, más pegado a la pantalla del móvil que al debate académico.

Creer que uno detecta un bulo no evita que termine compartiéndolo

Más de la mitad de los participantes, el 51,5%, cree que sabe identificar una falsedad. La confianza en los demás, en cambio, se desploma hasta el 18,1%, como si el problema siempre viviera en el teléfono ajeno.

Esa seguridad personal no siempre protege frente al error. El 13,9% de quienes se perciben muy capaces de detectar bulos reconoce haber compartido desinformación en redes durante la última semana, frente al 2% de quienes no tienen ninguna seguridad en su propio criterio.

También fuera de internet circula la información falsa.

Un 13,3% admite haber compartido información científica falsa en conversaciones presenciales o telefónicas. Otro 9,5% reconoce haberlo hecho a través de redes sociales o mensajería instantánea, dos canales distintos que acaban alimentando el mismo problema.

Carolina Moreno, catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia, sitúa el freno en un gesto muy simple, parar unos segundos antes de reenviar o repetir.

"Cuando las personas se detienen a preguntarse si una noticia es creíble o si merece la pena verificarla, disminuye significativamente su intención de difundir contenidos falsos, es decir, se actúa de forma menos impulsiva" - Carolina Moreno, catedrática de Periodismo de la Universidad de Valencia

Esa idea conecta con un terreno menos visible y más decisivo, el de la alfabetización. Celia Díaz Catalán explica en el uso cotidiano de la IA en las aulas que medir estas competencias exige bajar de las grandes palabras a preguntas concretas sobre medios y ciencia.

"Las medimos a través de ítems más concretos, como si comprenden cómo funciona el ecosistema mediático o el método experimental de las ciencias" - Celia Díaz Catalán, investigadora en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

El informe pide enseñar cómo funciona la IA cuando responde sobre ciencia

Por eso el informe recomienda incorporar con urgencia la comprensión de los sistemas de inteligencia artificial generativa a los programas de alfabetización mediática. No basta con saber buscar, porque ahora también hace falta entender cómo responde una máquina, de dónde puede sacar una afirmación y dónde puede equivocarse.

Además, los autores reclaman a las empresas trazabilidad y citación de fuentes en las respuestas sobre salud y ciencia, una exigencia que coincide con debates recientes sobre la desaparición de las fuentes en sistemas generativos. También piden impulsar el etiquetado de contenidos sintéticos conforme al Reglamento Europeo.

Pablo Cabrera Álvarez resume el coste social de ese gesto aparentemente menor que consiste en repetir un dato dudoso sin comprobarlo.

"Aumenta el ruido que alimenta la desconfianza en la información científica" - Pablo Cabrera Álvarez, investigador del Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex

El informe deja una imagen incómoda y muy concreta. Mientras el 51,5% cree que sabe detectar un bulo, un 13,9% de quienes más confían en esa capacidad reconoce haber compartido desinformación en redes durante la última semana.

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