En las grandes tecnológicas, la inteligencia artificial ya no se discute como una promesa lejana. Sundar Pichai, consejero delegado de Google, asegura que el 75 % del código de la compañía está escrito con inteligencia artificial. Al mismo tiempo, dentro de Amazon hubo empleados que automatizaban tareas absurdas e inútiles solo para subir puestos en un ranking interno.
La escena tiene algo de oficina y algo de competición escolar. Amazon acabó cerrando Kirorank, una tabla de clasificación interna que medía y premiaba cuánto usaban los empleados Kiro, su herramienta de código. La explicación oficial sostiene que la inteligencia artificial ya estaba integrada en el trabajo diario y que ese marcador había dejado de ser necesario.
Cuando escribir menos código obliga a revisar mucho más
Ahí aparece la contradicción que más incomoda. Cuanto más código generan las máquinas, más tiempo dedican muchos ingenieros a leer, comprobar y corregir lo que sale de ellas. Los empleados describen ese trabajo de revisión como una carga enorme, porque el código producido por inteligencia artificial llega a menudo plagado de errores.
Durante meses, la presión no solo vino de las herramientas, también del ambiente. A finales de 2024 empezaron a circular memes contra la inteligencia artificial en Amazon, justo cuando la empresa endureció su impulso para que los equipos adoptaran estas utilidades. No era una protesta formal, pero sí una forma bastante reconocible de medir el cansancio interno.
Google vive una tensión parecida, aunque con otra puesta en escena. Durante el Google I/O 2026, en un canal interno apareció un mensaje que decía nuevas formas de hacer slop, una expresión despectiva para hablar de contenido o trabajo de baja calidad generado a gran velocidad. El comentario reunió enseguida 100 pulgares hacia arriba.
Ese gesto importa porque no habla de una queja aislada, sino de una ironía compartida. En una empresa donde la inteligencia artificial ocupa el centro del escaparate, parte de la conversación interna gira alrededor del coste de usarla mal, del tiempo que consume y del tipo de resultados que deja sobre la mesa.
Los memes cuentan lo que no siempre entra en los comunicados
Amazon sostiene que los comentarios negativos proceden de unos pocos individuos y que no representan a la mayoría. Google, por su parte, afirma que anima a sus empleados a probar y criticar sus herramientas internas, incluso a través de memes. El contraste no está tanto en la existencia del malestar como en la forma de administrarlo.
Hay otro detalle que retrata bien esa incomodidad. Google envió dos comunicados casi idénticos y entre ambos desapareció una frase nada menor. En el primero figuraba que era fundamental mantener a los humanos en el proceso, incluida la supervisión. En el segundo, esa mención ya no estaba.
La omisión resulta reveladora porque toca justo el punto más frágil de todo este modelo de trabajo. Si una empresa presume de que la inteligencia artificial escribe buena parte de su código, pero sus empleados insisten en que revisarlo exige un esfuerzo enorme, la supervisión humana deja de ser un matiz y pasa a ser la parte más costosa del sistema.
La carrera interna disparó usos que ni siquiera tenían sentido
Amazon comprobó además un efecto menos visible y muy terrenal, el de la factura. Algunos ingenieros automatizaban tareas que no aportaban nada por el simple incentivo de escalar en Kirorank, una lógica que recuerda más a un videojuego de oficina que a una mejora real del trabajo. En ese punto, la métrica empezó a premiar actividad, no utilidad.
Ese problema conecta con los fallos de Kiro, donde ya había aparecido la misma paradoja de fondo, una herramienta pensada para acelerar el desarrollo que obliga después a dedicar horas a reparar lo que genera.
Tampoco Google escapa a esa fricción entre volumen y calidad. Que Pichai hable de un 75 % del código escrito con inteligencia artificial impresiona por escala, pero dentro de la propia empresa hay empleados que bautizan parte de ese resultado como slop. La palabra no discute la cantidad, discute el valor de lo producido.
Vista de cerca, la automatización del código no ha borrado al programador. Lo ha desplazado hacia otra tarea menos visible y bastante menos brillante, la de auditor de máquinas. Y ese cambio se entiende mejor junto a la intensificación del trabajo, donde la promesa de alivio acabó convertida en más carga.
Al final, el dato más elocuente no es el 75 % de Google ni el cierre de Kirorank en Amazon. Es que, mientras los sistemas escriben más líneas que nunca, muchos ingenieros siguen atrapados en la parte menos automática de todas, detectar errores, vigilar disparates y decidir si ese código merece quedarse o ir directo a la papelera.