Hay una escena poco intuitiva en el mercado laboral de Estados Unidos. En 2024, el 7 % de los licenciados en informática estaba en paro y, entre los licenciados en Filosofía, la tasa bajaba al 5,1 %.
No es un cruce de datos menor. Mientras la inteligencia artificial empuja a las grandes tecnológicas a fichar filósofos, Luciano Floridi, filósofo de la Universidad de Yale, describe la salida masiva de los departamentos de filosofía como una “hemorragia” y sostiene que muchos estudiantes reciben ofertas antes de terminar la carrera.
La filosofía entró en la IA por un problema muy práctico
Durante años, la industria habló de potencia de cálculo, datos y escalado. Ahora discute otra cosa que afecta a la conducta de las máquinas, cómo razonan, cómo justifican una respuesta y qué hacen cuando dos valores chocan.
Jörg Noller, experto en filosofía e inteligencia artificial de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, sitúa una de las pistas en el método socrático. A su juicio, los modelos entrenados de ese modo tienden menos a complacer y muestran más disposición a buscar la verdad.
Ahí está el giro.
Iason Gabriel, filósofo sénior en Google DeepMind, va un paso más allá y atribuye el descenso generalizado de las alucinaciones en el sector a los esfuerzos filosóficos. También afirma que las lecciones de filosofía son “un mecanismo muy potente” para mejorar las cadenas de pensamiento, esos procesos largos de razonamiento que los modelos usan para llegar a una respuesta.
Esa influencia ya aparece en decisiones de diseño que hace pocos años habrían sonado extrañas en una empresa de software. Anthropic publicó el 21 de enero la última versión de la constitución de 78 páginas para sus modelos Claude, un trabajo dirigido por Amanda Askell, principal filósofa de la compañía, que incorpora material de Kant, las condiciones de servicio de Apple y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Dentro de la empresa, algunos empleados la llaman el “documento del alma”.
La expresión tiene algo de broma interna y algo de confesión. Si un modelo necesita una constitución de 78 páginas para responder, la pregunta ya no es solo qué sabe, sino bajo qué reglas decide.
En IBM, el enfoque toma una forma distinta. La serie Granite incluye controles para que los clientes empresariales adapten las respuestas a sus propias filosofías corporativas, y Rossi, responsable de IA en IBM, explica que eso permite elegir dónde colocar el equilibrio entre la autonomía individual y la armonía social.
Las reglas morales ya salieron del laboratorio
Google también formula ese dilema en términos explícitos. Sus modelos están diseñados para generar “beneficios generales probables [que] superen sustancialmente los riesgos previsibles”.
Cuando la inteligencia artificial pasa del chatbot al coche o al robot doméstico, esas fórmulas dejan de ser abstractas. Gerdes, ingeniero sénior en Waymo, afirma que la tendencia consiste en hacer cada vez más consecuencialista el software de conducción de los vehículos autónomos.
Powers, filósofo de la tecnología en la Universidad de Delaware, mira el problema desde el otro extremo. Según explica, las restricciones deontológicas pueden volver más coherente el comportamiento de la inteligencia artificial, una ventaja nada menor cuando esos sistemas entran en hogares y espacios públicos, un debate que conecta con la constitución ética de Claude.
White, director de Inflection AI, añade un ejemplo de uso inmediato. Afirma que su chatbot Pi, que impone restricciones deontológicas, resulta eficaz para detectar a usuarios en riesgo de hacerse daño a sí mismos o a otros.
Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford, recuerda que los modelos más veraces inducen menos al error. Parece una obviedad, pero en inteligencia artificial esa diferencia puede separar una ayuda útil de una respuesta que empuja en la dirección equivocada.
El problema cambia cuando una decisión puede costar una vida
En los sistemas militares y en la conducción autónoma, la discusión filosófica pierde cualquier apariencia académica. Shanahan, antiguo responsable del Joint Artificial Intelligence Centre, señala que los objetivos militares deben sopesarse frente a las posibles muertes de civiles en los sistemas de armas con inteligencia artificial.
Heck, filósofo y director de Nauto, lleva ese conflicto a una escena que cualquiera entiende en segundos. Plantea si sería moralmente aceptable priorizar a peatones jóvenes frente a mayores y anticipa demandas judiciales cargadas de dilemas éticos, un terreno emparentado con los límites de la IA actual.
Roman Yampolskiy, teórico de la inteligencia artificial en la Universidad de Louisville, introduce la objeción más incómoda. Sostiene que la moralidad “es históricamente inestable, culturalmente variable, susceptible de manipulación estratégica y, a menudo, sólo comprensible con perspectiva”.
Eso deja una paradoja difícil de esquivar. Justo cuando las empresas tecnológicas incorporan filósofos para fijar reglas estables, trabajan con una materia, la moral, que cambia entre culturas, épocas y conflictos concretos.
Y, sin embargo, los datos de 2024 dicen que el paro castiga más a los licenciados en informática que a los de Filosofía, 7 % frente a 5,1 %, en el mismo momento en que la inteligencia artificial convierte preguntas morales muy viejas en decisiones técnicas de todos los días.