La IA obliga a las universidades a cambiar los exámenes: Princeton acaba con 133 años de pruebas sin supervisión

Brown sanciona casos de trampa, Princeton elimina los exámenes sin supervisión y varias universidades españolas cambian evaluaciones y controles por el uso de IA.

19 de octubre de 2026 a las 12:41h
La IA obliga a las universidades a cambiar los exámenes: Princeton acaba con 133 años de pruebas sin supervisión
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Copiar en un examen siempre ha sido una tentación antigua, pero la inteligencia artificial ha cambiado la escala del problema y también la respuesta de las universidades. En Brown, 53 estudiantes confesaron haber hecho trampas tras la denuncia pública del catedrático Roberto Serrano en junio, y la persona que presidía el Comité del Código Académico acabó cesada.

Princeton rompió una costumbre de 133 años

En mayo, la Universidad de Princeton puso fin a los exámenes sin supervisión por problemas de integridad académica. La decisión cerró una práctica que había sobrevivido 133 años, una cifra que por sí sola retrata hasta qué punto la presión sobre la evaluación ya no cabe en los moldes anteriores.

No todas las respuestas pasan por vigilar más.

Joan Vila, delegado del rector para la inteligencia artificial en la Universidad de Valencia, sitúa el debate en otro lugar, el de las reglas antes que la prohibición. La universidad prepara un reglamento que impide usar los detectores de inteligencia artificial como prueba única para acusar a un alumno de fraude.

"Porque el uso de la inteligencia artificial, per se, no es malo, depende de cómo esté regulado" - Joan Vila, delegado del rector para la inteligencia artificial de la Universidad de Valencia

Esa idea ya se traduce en medidas concretas. En los trabajos de fin de grado o máster, los estudiantes deben firmar una declaración en la que detallan qué herramientas han usado, para qué las han utilizado y, si pueden, qué instrucciones dieron al sistema.

Más al sur, la Universidad Politécnica de Valencia instalará arcos detectores de radiofrecuencia en la entrada de las aulas de examen. El contraste es llamativo porque una institución intenta regular el uso declarado de la IA mientras otra refuerza el control sobre dispositivos ocultos, en una escena que recuerda a detectores de frecuencia en selectividad.

Las notas resisten, pero la sospecha ya cambió el aula

La nota media oficial en España durante el curso 2023/2024 fue de 7,43, apenas por debajo del 7,45 del año anterior. El dato enfría cualquier relato simple sobre un descontrol estadístico general, aunque no disipa la duda sobre qué están midiendo exactamente algunas pruebas.

Senén Barro, director del Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes de la Universidad de Santiago de Compostela, lo formula con una expresión muy gráfica, un abaratamiento de las notas altas. A su juicio, todavía hay que aclarar si responde a una relajación de las pruebas, a la presión del alumnado o a que los estudiantes tienen más medios para resolverlas.

Harvard ya ha decidido intervenir por la vía de la distribución de las calificaciones. Desde el otoño de 2027 limitará a un máximo del 20 % el número de alumnos que podrá obtener la máxima nota.

La adaptación, sin embargo, llega tarde para muchos estudiantes.

Una encuesta de la Fundación Conocimiento y Desarrollo a 800 alumnos indica que el 61 % no ha recibido formación de su centro sobre estas herramientas. Al mismo tiempo, el 41 % cree que su institución impulsa el uso de la inteligencia artificial y solo el 24 % considera que sus profesores han adaptado la evaluación.

El uso cotidiano ya está plenamente asentado entre el alumnado. El 68 % emplea la inteligencia artificial para resolver dudas, el 57 % para buscar información, el 54 % para resumir y el 50 % para revisar y corregir textos.

Evaluar ya no consiste solo en pedir un texto

Cuando la máquina redacta con soltura, el examen escrito pierde parte de su antigua autoridad. Por eso Panos Ipeirotis, profesor de la Universidad de Nueva York, ha creado un programa para que sus alumnos respondan oralmente desde casa, una solución que desplaza la prueba hacia la explicación en directo.

Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en un instituto público de Extremadura, ha optado por otra vía que también endurece la comprensión real. Mantiene los trabajos de investigación, pero da más peso a la defensa oral, al trabajo en equipo y a competencias que observa dentro del aula, como la capacidad argumentativa o la actitud dialógica.

Maria Martorell, profesora en un instituto público de Mallorca del ciclo superior de Educación Infantil, describe un cambio parecido en la escala más concreta del encargo. Si antes pedía programar una propuesta de juego para trabajar con niños de cuatro años, ahora exige tareas más precisas y menos cómodas para una respuesta genérica.

Ese giro conecta con exámenes finales que corrigen el espejismo. La lógica es simple y áspera a la vez, porque una cosa es entregar un texto convincente y otra muy distinta sostenerlo con la propia voz cuando llega la hora de defenderlo.

Senén Barro añade una objeción incómoda. Si un profesor tiene demasiados alumnos, explica, resulta muy difícil evaluarlos como corresponde y el sistema acaba regresando al examen presencial como única herramienta relativamente libre de fraude.

Ahí aparece la contradicción central, porque la herramienta que amplía el acceso también estrecha el modo de comprobar lo aprendido. Y en ese choque entre un 68 % de uso para resolver dudas y el regreso a pruebas cada vez más vigiladas, la universidad se juega bastante más que una nota.

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