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La inteligencia artificial ya no solo fabrica imágenes. También empieza a fabricar pasado.
Ahí está el núcleo de Pasado sintético: el desafío de la inteligencia artificial a la historia y la memoria, el libro de Alberto Venegas Ramos publicado por Marcial Pons el 26 de julio de 2026. Su argumento recorre una frontera incómoda, porque herramientas como Midjourney, DALL-E, ChatGPT y Gemini ya intervienen en la manera de imaginar episodios que millones de personas no vivieron.
Las máquinas ya discuten hasta el mismo hecho histórico
No se trata solo de crear escenas verosímiles. Mykola Makhortykh demostró que los grandes modelos de lenguaje ofrecen respuestas distintas sobre el Holocausto según la pregunta se formule en inglés, ruso o ucraniano.
Esa variación no es menor cuando hablamos de memoria colectiva, ya que el usuario suele acercarse a estas herramientas como quien consulta un atlas, no como quien entra en un terreno resbaladizo. Y cuando la respuesta cambia con el idioma, lo que se mueve no es un matiz técnico, sino el relato mismo.
Además, la memoria estética de muchas de estas reconstrucciones nace de un archivo visual muy concreto.
Películas y series como Gladiator, Rome y La lista de Schindler actúan como cantera de estilos, gestos y atmósferas. La máquina no recuerda el pasado, sino las imágenes con las que la cultura popular ya lo había empaquetado, una lógica que también aparece en el borrado de las fuentes cuando el sistema devuelve una versión pulida pero opaca.
"Los hechos no se preocupan por tus sentimientos" - John Adams sintético en el Founders Museum
La frase no salió de una fuente del siglo XVIII, sino de una muletilla asociada al comentarista conservador Ben Shapiro. Desde septiembre de 2025, la Casa Blanca y PragerU exhiben junto al Despacho Oval el Founders Museum, con más de cuarenta vídeos de figuras recreadas por inteligencia artificial como John Adams, Mercy Otis Warren y Alexander Hamilton.
Cuando la recreación corrige el pasado para volverlo útil
Otro detalle resulta todavía más revelador.
La animación de Phillis Wheatley omite su condición de esclavizada y la presenta como si hubiera sido educada en la casa de un comerciante bostoniano. Ahí la imagen no completa un vacío, sino que limpia una incomodidad histórica.
Ese mecanismo se repite con facilidad porque una figura sintética habla con seguridad, mira a cámara y encadena frases convincentes. Para muchos espectadores, esa puesta en escena pesa más que la ausencia de contexto o que la manipulación de un dato clave.
Claude Lanzmann sostuvo que fabricar imágenes de lo ocurrido en los campos de concentración trivializa el sufrimiento de quienes lo vivieron. El Memorial de Auschwitz fue más allá y advirtió que estas imágenes erosionan el conocimiento de la verdadera historia del campo y atentan contra la memoria de las víctimas.
Ni los museos escapan de una imagen que parece saber más de lo que sabe
En enero de 2026, el British Museum publicó imágenes generadas por inteligencia artificial de una mujer asiática ficticia con prendas que mezclaban tradiciones de Asia oriental y mesoamericana.
El museo las retiró en pocas horas y anunció normas internas para regular el uso de esta tecnología. No es una rectificación menor, porque la escena mostraba hasta qué punto una institución cultural puede dar apariencia de rigor a una mezcla visual sin base histórica, algo que ya asoma en la restauración de fotos antiguas cuando el algoritmo rellena huecos con soluciones plausibles, no necesariamente fieles.
La Unesco ha calificado esta situación como una emergencia patrimonial.
La expresión cobra peso al mirar fuera de los museos. En la invasión rusa de Ucrania y en los actos de genocidio en la Franja de Gaza llevados a cabo por Israel, las imágenes sintéticas ya se emplean para documentar atrocidades ficticias o negar atrocidades reales.
La alfabetización visual entra en clase porque mirar ya no basta
Estonia, Finlandia, China y Singapur han integrado la alfabetización visual en el currículo escolar de historia. La decisión parte de una evidencia sencilla y áspera a la vez, porque ya no alcanza con enseñar fechas y nombres si una imagen falsa puede fijarse en la memoria con más fuerza que un documento verdadero.
También cambia la pregunta cotidiana del lector, del profesor y del estudiante. Ya no basta con preguntarse si una imagen impresiona, sino de dónde sale, qué tradiciones mezcla, qué borra y a quién beneficia ese borrado.
La discusión tiene incluso un precio muy concreto para quien quiera seguirla de cerca, con una suscripción mencionada de 5€ al mes, pero el coste de fondo es otro. Si una recreación puede ocultar que Phillis Wheatley fue esclavizada o poner en boca de John Adams una consigna de Ben Shapiro, el problema ya no es solo tecnológico, sino histórico.