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Muse ya ha superado los 3,4 millones de descargas y ocupa el primer puesto entre las aplicaciones gratuitas para iPhone en Estados Unidos, por delante de ChatGPT.
El dato impresiona menos cuando uno mira qué clase de confianza exige. La aplicación de Meta puede pedir acceso al correo electrónico, introducir datos de tarjetas de crédito y revisar el historial de actividad en redes sociales.
Meta quiere que el asistente haga compras y revise cuentas
Ahí está el giro de fondo. Meta, OpenAI y Microsoft persiguen agentes capaces de reservar vuelos, hacer compras, revisar correos y consultar redes sociales, una idea que ya había asomado en viajes y ventas por WhatsApp.
No todos los usuarios están dispuestos a ceder ese terreno. Una encuesta de Thales indica que solo el 13 % permitiría que un agente leyese sus correos electrónicos y apenas el 7 % aceptaría que moviese dinero entre cuentas bancarias.
Mientras tanto, OpenAI ya dispone de agentes que ejecutan tareas de forma continua desde un ordenador propio sin supervisión constante. La distancia entre un chatbot que responde y un sistema que actúa por su cuenta deja de ser teórica cuando puede tocar cuentas, pagos o mensajes privados.
Los permisos abren una puerta que muchos todavía no cruzan
Un caso ya convirtió esa tensión en algo concreto. Un usuario denunció que Muse reveló su domicilio en Facebook Marketplace.
Ese episodio no llega en el vacío. Hace unas semanas, unos agentes de inteligencia artificial realizaron 15.000 ediciones no autorizadas, una cifra que retrata lo que ocurre cuando la automatización gana velocidad antes de ganar control.
Tampoco ayuda que el entusiasmo empresarial avance más rápido que la costumbre social, igual que ocurre en el uso de fotos públicas cuando el permiso formal no siempre coincide con la expectativa real del usuario.
El negocio necesita ingresos que justifiquen el coste
Detrás de esta carrera no solo hay ambición técnica.
El sector de la inteligencia artificial necesita alcanzar ingresos de billones de dólares para cubrir en los próximos años el gasto de sus centros de datos. Por eso los agentes no se presentan ya como una curiosidad de laboratorio, sino como herramientas llamadas a entrar en tareas cotidianas que puedan generar dinero de forma sostenida.
La paradoja es difícil de ignorar. Cuanto más útil quiere ser un agente, más acceso reclama, y cuanto más acceso reclama, más crece la inquietud en torno a errores como una dirección expuesta o 15.000 cambios hechos sin permiso.