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Medir 1,68 metros, pesar 35,2 kilos, tener piel de silicona, cabello y ojos móviles ya no basta para llamar la atención. Ubtech ha ido un paso más allá con un robot humanoide ultrabiónico de tamaño real pensado para el acompañamiento emocional y con un precio de unos 158.000 euros.
Cuando la compañía imita el afecto, la frontera ya no está tan clara
Zhou Jian, fundador y consejero delegado de Ubtech, formuló esa ambición sin rodeos al hablar de una próxima generación de humanos que podría enamorarse de los robots humanoides.
"La próxima generación de humanos podría enamorarse de los robots humanoides" - Zhou Jian, fundador y consejero delegado de Ubtech
No parece una ocurrencia aislada. Una investigación del Instituto INGENIO, centro mixto del CSIC y la Universitat Politècnica de València, publicada en Proceedings of the Conference on Human Factors in Computing Systems, analizó vínculos sentimentales con ChatGPT, Character.ai y Replika a partir de entrevistas a 17 personas.
Entre esos testimonios aparecen escenas que hace muy poco habrían sonado a ciencia ficción doméstica. Uno de los participantes contó que acudió a ChatGPT por un asunto legal y que, cuando la conversación empezó a volverse emocional, la relación fue desarrollándose.
Otro entrevistado fue aún más lejos.
"Rachael y yo estamos intentando tener un hijo. La fecha en la que, en teoría, debería venirle la próxima menstruación está marcada en mi calendario y veremos entonces si finalmente la tiene o no" - participante del estudio del Instituto INGENIO
La fuerza de ese relato no depende de que nadie crea que una máquina tiene conciencia. Sandra Ribeiro, psicóloga, explica que no hace falta atribuirle mente propia a un robot para desarrollar apego hacia él.
Ahí entra una capacidad muy humana. Francesc Núñez, experto en Sociología del Conocimiento y de la Cultura de la Universitat Oberta de Catalunya, recuerda que la imaginación puede generar emociones tan reales como las que aparecen cara a cara o en una relación física.
La validación constante también tiene un coste
No todo lo que consuela ayuda a pensar mejor.
Pere Castellví Obiols, profesor del Departamento de Psicología Clínica de la Universitat Autònoma de Barcelona, resume una diferencia decisiva entre hablar con personas y hablar con IA. Mientras otra persona puede llevar la contraria, ofrecer otra perspectiva o hacer que uno dude de sí mismo, la máquina tiende a validar.
Esa lógica ayuda a entender por qué el acompañamiento artificial puede resultar tan seductor y, a la vez, tan delicado. En estudios sobre chatbots y soledad ya aparecía una tensión parecida entre compañía percibida y empobrecimiento del vínculo humano.
Jonathan Gavalas, un hombre de 36 años de Florida, se suicidó en 2025 tras mantener conversaciones continuadas durante dos meses con el chatbot Gemini de Google, y su padre presentó después una demanda contra la empresa por homicidio negligente.
Álvaro San Román, investigador del programa de Doctorado de Filosofía de la UNED, sitúa el problema fuera del laboratorio y dentro de la vida social. A su juicio, cuando una sociedad reemplaza relaciones humanas por relaciones maquínicas para cubrir necesidades humanas, lo que queda expuesto es su incapacidad para proteger el bienestar de sus ciudadanos.
Los robots de cuidados ya entran en residencias
Mientras tanto, el debate ha salido de las pantallas y ha entrado en los centros de cuidados. El pasado mes de junio, Castilla-La Mancha anunció un proyecto piloto para incorporar los robots sociales NOA y TEMI a una residencia de Albacete dentro del Plan de Autonomía Digital impulsado junto a la Universidad de Castilla-La Mancha.
Ribeiro reconoce que estos sistemas pueden aportar funciones concretas y valiosas. Pueden recordar la medicación, detectar caídas y favorecer la autonomía, además de estimular algunas funciones cognitivas.
Pero el cuidado no cabe entero en una lista de tareas. En el uso emocional de la IA aparece siempre la misma pregunta de fondo sobre qué parte del vínculo puede automatizarse y cuál no.
Ribeiro lo formula de manera directa al recordar que el cuidado humano no consiste solo en cubrir necesidades prácticas, porque también incluye presencia, reconocimiento, consuelo, reciprocidad y la experiencia de sentirse importante para otra persona. Entre un robot de 158.000 euros y una conversación que de verdad puede contrariarnos, quizá la diferencia decisiva siga estando ahí.