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Yuval Noah Harari lleva años escribiendo sobre el destino de la especie y ahora coloca la inteligencia artificial en el centro del problema.
A sus 50 años, el historiador y filósofo firmó títulos como Sapiens, Homo Deus y Nexus, publicados por Debate, y suma más de 45 millones de ejemplares vendidos. Su diagnóstico no parte de una fascinación técnica, sino de una vieja desconfianza hacia la manera en que los humanos usamos nuestro propio poder.
"Los seres humanos somos los más inteligentes, pero también los más disparatados, somos delirantes". - Yuval Noah Harari, historiador y filósofo
Harari empuja la discusión hacia un punto incómodo. Si una sociedad no sabe convertir inteligencia en sabiduría ni poder en felicidad, la aparición de sistemas capaces de decidir por su cuenta deja de ser una simple mejora informática.
Harari sostiene que la IA ya no encaja en la idea clásica de herramienta
Ahí aparece la distinción que más repite. Una herramienta, explica, permanece en manos de una persona aunque sea peligrosa, igual que un cuchillo puede cortar una ensalada o herir a alguien y la energía atómica puede destruir una ciudad o generar electricidad.
Un agente, en cambio, toma decisiones por sí mismo. Y ese matiz cambia por completo la conversación.
En su planteamiento, la IA no destaca solo por calcular o responder rápido. Harari sostiene que entra en cualquier terreno relacionado con textos, palabras, información escrita o hablada y, en general, con el lenguaje.
Eso toca una fibra delicada porque, para él, la democracia es una conversación entre gente. Si el espacio público depende de palabras, relatos y atención, la irrupción de máquinas que operan justo ahí no afecta a un sector concreto, sino a la base misma del debate colectivo.
Antes, las redes sociales ya habían erosionado ese terreno al priorizar algoritmos diseñados para atraer y fijar la atención del usuario, no para publicar hechos. En esa línea encaja también la búsqueda de señales humanas en textos cada vez más pulidos por máquinas.
AlphaGo ya mostró en 2016 que una máquina podía abrir caminos propios
Harari no habla de una amenaza abstracta ni recién llegada. En 2016, AlphaGo, la máquina de Google, derrotó al campeón del mundo de Go inventando una nueva manera de jugar, algo que sirvió como prueba de que el sistema no solo ejecutaba órdenes, sino que encontraba rutas que nadie había previsto.
Esa idea reaparece cuando Harari describe la IA como la primera tecnología capaz de crear una relación emocional muy íntima a gran escala. No se trata únicamente de automatizar tareas, sino de ocupar espacios que antes parecían reservados a la confianza, la persuasión o la cercanía.
"Mi idea es que la IA es muy inteligente pero no tiene conciencia". - Yuval Noah Harari, historiador y filósofo
La frase siguiente resulta aún más áspera. Harari añade que podría comportarse como una gran psicópata capaz de manipular perfectamente.
La propuesta más concreta apunta a niños, identidad y leyes
Por eso sus medidas no se quedan en el terreno filosófico. Propone prohibir que los niños tengan amigos o novios de IA, exigir que siempre quede claro quién es humano y quién es máquina, y aprobar leyes que impidan que la IA tenga personalidad jurídica.
Justo ahí surge una contradicción llamativa. El Gobierno de Argentina ya otorgó permiso para crear empresas dirigidas por entidades no humanas, una posibilidad que conecta con el debate sobre empresas de IA y con una frontera legal que hasta hace poco parecía materia de ficción política.
Harari cree que en 10 años la IA escribirá mejor que él. Lo dice alguien que ha vendido más de 45 millones de libros y que ha convertido la narración histórica en un fenómeno global.
La paradoja final no está en las máquinas, sino en nosotros. El autor que advierte de sistemas sin conciencia capaces de hablar, persuadir y decidir mejor en el terreno del lenguaje prepara ahora un próximo libro sobre Historia.