La inteligencia artificial suele presentarse como algo ligero, casi sin cuerpo. António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, acaba de ponerle peso, agua, suelo y una factura climática que ya no quiere ver escondida.
Durante la London Climate Action Week, Guterres lanzó la Iniciativa de Transparencia Ambiental de la IA para que las grandes tecnológicas midan y hagan pública la huella completa de sus sistemas, desde las emisiones de carbono hasta el consumo de agua y el uso de suelo. La exigencia no apunta a una aplicación concreta, sino a toda la infraestructura que sostiene los modelos y los centros de datos.
"No más costes ocultos" - António Guterres, secretario general de Naciones Unidas
La frase condensa un cambio de tono. Ya no basta con hablar de potencia de cálculo o de velocidad cuando los centros de datos consumieron 448 TWh de electricidad en 2025 y la inteligencia artificial representó alrededor de una quinta parte de ese total.
Para 2030 la demanda puede duplicarse
Si la trayectoria actual no cambia, la demanda anual de electricidad de los centros de datos podría pasar a 945 TWh en 2030. En ese escenario, la inteligencia artificial alcanzaría el 40% del total.
No es solo un problema de enchufes. El consumo de agua de esos centros podría crecer de 4,5 billones de litros a 9,3 billones en 2030, mientras las emisiones de CO2 asociadas subirían de 189 millones a 399 millones de toneladas.
Ahí aparece una paradoja incómoda.
La tecnología que muchos perciben como inmaterial depende de edificios, tuberías, líneas eléctricas y sistemas de refrigeración que dejan una huella muy física. En el calor local de los centros de datos ya asoma una pista de ese coste que rara vez entra en la conversación pública.
La carga no cae igual en todos los territorios
El United Nations University Institute for Water, Environment and Health publicó un informe que advierte de que los costes ambientales de la infraestructura de inteligencia artificial no siempre se reparten de forma equitativa. Dicho de otro modo, el beneficio digital puede disfrutarse en un lugar mientras el gasto de agua, energía o suelo recae en otro.
Tampoco hablamos de una advertencia aislada. el consumo eléctrico de la IA ya se mide en una escala que obliga a mirar la infraestructura como un asunto ambiental y no solo industrial.
Guterres también apretó a la industria fósil
Junto a las tecnológicas, Guterres dirigió otra parte de su mensaje a la industria fósil. El secretario general pidió reparar fugas de metano, acabar con la quema rutinaria de gas y adoptar estándares globales basados en la ciencia.
La conexión entre ambos frentes no es retórica. Naciones Unidas recuerda que el metano causa alrededor de un tercio del calentamiento actual, de modo que la discusión sobre la huella de la inteligencia artificial termina enlazando con la energía que alimenta sus centros de datos.
Por eso Guterres fijó otra exigencia concreta, que todas las compañías tecnológicas alimenten sus centros de datos con energía renovable antes de 2030. La fecha importa porque coincide con unas proyecciones que dibujan más electricidad, más agua y 399 millones de toneladas de CO2 para la misma maquinaria que solemos imaginar como si viviera en la nube.