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Un centro de datos para inteligencia artificial proyectado al sur de California ha rehecho una de sus promesas más delicadas.
La instalación, diseñada para una capacidad de 330 megavatios, nació con la idea de no recurrir al agua del río Colorado. Ese plan cayó cuando fracasó el intento de refrigerar el complejo con aguas residuales recicladas.
Ahora el proyecto pide agua donde dijo que no la necesitaría
La empresa promotora ha presentado una demanda para acceder a 287 millones de galones al año, equivalentes a 1.087 millones de litros. La cifra basta para explicar por qué el debate ha dejado de ser solo energético.
Sebastian Rucci, promotor del proyecto, sostiene que la operación no exigirá extraer más caudal del río. Su argumento consiste en comprar terrenos agrícolas, dejar de cultivarlos y redirigir al centro de datos el agua ya asignada a esas explotaciones.
Rucci asegura que no hará falta sacar ni una sola gota adicional del río Colorado.
El agua ya tenía dueño antes de que llegaran los servidores
Ahí aparece la fricción de fondo, porque el río Colorado abastece de agua a 40 millones de personas y el Valle Imperial ya dedica alrededor del 80% de su asignación a la agricultura. Cambiar el destino de una parte de ese recurso no aumenta el volumen disponible, pero sí altera quién lo usa. Y en una región donde cada litro cuenta, esa diferencia importa tanto como la cifra total.
El impacto previsto del consumo equivaldría al de una finca de 65 hectáreas. Dicho de otro modo, la comparación busca presentar el gasto hídrico del centro de datos en una escala agrícola, no industrial.
Ese encaje entre computación y regadío ya asoma en el coste físico de la IA, donde el peso del agua acompaña al de la electricidad mucho más de lo que suele sugerir la imagen etérea de la nube.
La promesa económica convive con una aritmética incómoda
Durante la construcción, la empresa prevé generar 1.688 empleos y, una vez en marcha, más de 100 puestos permanentes. También calcula un impacto económico de 2.592 millones de euros en los próximos 30 años.
Nadie discute que esas cifras tienen fuerza política. La pregunta es otra y resulta bastante más terrenal, porque el intercambio no enfrenta solo inversión y empleo frente a oposición vecinal, sino megavatios y puestos de trabajo frente a un recurso que ya estaba repartido.
Además, el giro del proyecto no nace de una mejora técnica, sino de un fracaso previo. Cuando la opción de usar aguas residuales recicladas dejó de ser viable, el río Colorado volvió al centro de la ecuación.
Otra vez el conflicto aparece en la infraestructura, no en el software, algo que también se vio en proyectos de centros de datos en el Oeste, donde la discusión termina bajando del entusiasmo por la IA al suelo, al agua y a la red eléctrica.
Al final, toda la controversia cabe en una paradoja difícil de esquivar. El proyecto promete no sacar más agua de un río que abastece a 40 millones de personas, pero al mismo tiempo reclama acceso a 287 millones de galones al año.