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Cuando el calor aprieta de verdad, hasta la nube tiene tubo de escape. En el verano de 2026, Chris Wright, secretario de Energía de Estados Unidos, pidió a los centros de datos y a otros grandes clientes que encendieran sus generadores de respaldo para aliviar una red eléctrica sometida a una tensión poco habitual.
La escena deja una imagen incómoda. Mientras muchos estados de la costa este rozaban los 40 grados, el Gobierno federal autorizó la conexión de esos equipos sin perjuicio de las limitaciones de calidad del aire, una fórmula que revela hasta qué punto la prioridad inmediata era sostener el suministro.
PJM batió un récord que no veía desde hace dos décadas
La presión no era menor porque PJM, el gran gestor de suministro eléctrico del centro y este del país, superó la semana pasada su récord de demanda de los últimos 20 años.
Ahí aparece uno de los nudos del problema, porque PJM no cuenta con un sistema extenso de baterías para almacenar energía como sí ocurre en California o Texas. Cuando falta ese colchón, la red depende mucho más de soluciones de emergencia y de márgenes que se agotan rápido.
Solo Virginia concentra 637 centros de datos.
Esa cifra ayuda a entender por qué el foco cayó sobre la costa este. En todo Estados Unidos hay más de 4.300 centros de datos, con 133 en Nueva York, 133 en Pensilvania, 93 en Carolina del Norte, 67 en Nueva Jersey, 53 en Maryland y 42 en Massachusetts, una densidad que ya había anticipado la presión eléctrica en Nueva York.
Virginia acumula una reserva diésel difícil de ignorar
En ese mapa, Virginia ocupa una posición singular. Allí hay al menos 10.500 generadores diésel instalados, de modo que la infraestructura digital no solo consume electricidad de la red, también guarda una capacidad propia para producirla cuando el sistema se acerca al límite.
No es un detalle menor, porque esos generadores nacieron como respaldo y no como pieza ordinaria del equilibrio eléctrico. Sin embargo, cuando la demanda se dispara y faltan baterías a gran escala, pasan de ser un seguro silencioso a convertirse en una herramienta de contención inmediata.
Texas ofrece un contraste útil.
Su normativa autoriza el uso de estos generadores siempre que el tiempo de funcionamiento no supere el 10 % de la operación anual de la fuente de energía principal. Esa referencia no resuelve el dilema de la costa este, pero sí muestra que el recurso existe dentro de límites definidos y que la discusión no es solo técnica, también regulatoria, como ya sugerían las tensiones entre red y centros de datos.
Al final, la paradoja queda expuesta con una crudeza difícil de disimular. La misma infraestructura que sostiene servicios digitales cada vez más presentes en la vida cotidiana tuvo que apoyarse en miles de motores diésel justo cuando la costa este lidiaba con calor extremo y con un récord de demanda eléctrica que PJM no veía desde hacía dos décadas.