Europa compite en la carrera de la inteligencia artificial con una desventaja que no cabe en un eslogan, sino en una hoja de cifras. España acaba de autorizar 719 millones de euros para una gigafactoría de IA, mientras China prevé dedicar 295.000 millones de dólares en cinco años a levantar centros de datos y las grandes tecnológicas llevarán su gasto de capital en IA hasta 673.000 millones de dólares en 2026.
La candidatura española no se concentra en un solo punto. Reparte sus sedes entre Móra la Nova, en Tarragona, y San Fernando de Henares, en Madrid.
La comparación internacional deja a España en otra escala
La distancia no está solo en el volumen total del dinero, sino en lo que esa apuesta representa para cada país. La inversión china equivale a 195 euros por persona, frente a los 15 euros por habitante de la partida española.
Tampoco pesa igual sobre la economía de cada Estado. China sitúa ese esfuerzo en el 1,5 % de su producto interior bruto, mientras la aportación española ronda el 0,05 %.
En Estados Unidos, la inversión privada en centros de datos alcanzó 45.700 millones de dólares en 2025, una señal de que la infraestructura ya se ha convertido en el terreno donde se decide buena parte de la competencia tecnológica.
España ya tiene una base, pero el acceso no será automático
España no parte de cero. Ya dispone de fábricas de inteligencia artificial vinculadas al consorcio EuroHPC, entre ellas MareNostrum 5 del Barcelona Supercomputing Center, y esa red ofrece un punto de apoyo para una instalación de mayor escala.
Después vendrá una pregunta menos vistosa, pero decisiva. ¿Quién podrá usar una infraestructura pública de este tamaño?
El acceso estará dirigido a investigadores europeos, industria, pymes y startups.
No bastará con pedir turno. Cada actor tendrá que pasar por un proceso de solicitud y justificar el uso de esa capacidad de cómputo, una condición que acerca el proyecto a una infraestructura compartida más que a un recurso abierto sin filtro, como ya ha ocurrido en la adopción de IA en pymes.
Los chips ponen a Europa frente a una dependencia incómoda
Ahí aparece una de las contradicciones de fondo. La gigafactoría quiere reforzar capacidades europeas, pero los procesadores serán de la empresa estadounidense Nvidia y estarán fabricados por la taiwanesa TSMC.
En otras palabras, la autonomía se intenta construir con piezas que llegan de fuera. No es un detalle menor si se tiene en cuenta que el cuello de botella mundial de la IA está precisamente en los chips y en los centros de datos, como ya mostraban los alquileres masivos de GPUs Nvidia por parte de las grandes compañías.
También Bruselas quiere empujar esa carrera con dinero propio. La Comisión Europea prevé movilizar 20.000 millones de euros para proyectos de inteligencia artificial.
Son 719 millones.
La cifra española tiene peso político y presupuestario, pero todavía no despeja la incógnita principal. El anuncio oficial no concreta fechas estimadas ni detalla cómo se ejecutará un proyecto que aspira a entrar en un mercado donde otros actores ya miden sus apuestas en decenas o cientos de miles de millones.