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Las elecciones generales en España ya tienen fecha y también un nuevo frente de riesgo. La votación será el 29 de noviembre y la campaña formal arrancará el 13 para cerrarse el 27, en un escenario donde la inteligencia artificial ya no actúa solo como herramienta de apoyo, sino también como fábrica de engaños.
El dato más claro llega de una revisión internacional de gran escala. El Panel Internacional sobre el Entorno de la Información analizó 215 incidentes relacionados con inteligencia artificial en 50 países que celebraron elecciones en 2024, y el 80 % de esos países registró algún uso electoral de inteligencia artificial.
La manipulación ya circuló antes de que muchos votantes pudieran detectarla
En ese mapa aparece una constante incómoda. los deepfakes en campaña no son una hipótesis de laboratorio, sino materiales que ya entraron en la conversación pública con apariencia de prueba, confesión o rectificación.
Antes de las elecciones de Eslovaquia de 2023 circularon audios falsos atribuidos a un dirigente opositor que hablaban de fraude electoral y de una subida de precios. En Moldavia se difundió un vídeo manipulado de la presidenta Maia Sandu en el que parecía apoyar a una formación prorrusa.
Bangladés también lo vivió.
Durante las elecciones de 2024 se viralizó un vídeo falso de una candidata que anunciaba su abandono de la contienda. La escena tenía una potencia corrosiva muy concreta, porque no buscaba convencer con argumentos, sino sembrar duda en cuestión de segundos.
La mayoría de los casos consistió en fabricar piezas sintéticas
El 90 % de los 215 incidentes analizados consistió en la creación de contenido sintético. Ahí caben audios, vídeos o mensajes diseñados para parecer reales justo el tiempo necesario para que alguien los comparta.
Hay otra cifra que complica cualquier respuesta rápida. En el 46 % de los casos no fue posible identificar al responsable de crear el contenido, una opacidad que convierte la corrección pública en una carrera cuesta arriba.
No todo uso electoral de la inteligencia artificial fue engañoso.
En Japón, algunos candidatos utilizaron asistentes virtuales basados en inteligencia artificial para responder preguntas de los electores. Esa diferencia importa, porque la misma tecnología que agiliza una conversación puede también disfrazar una falsificación si nadie marca con claridad qué es auténtico y qué no.
Europa intenta poner etiquetas donde hoy manda la confusión
La Unión Europea recomienda que los contenidos sintéticos puedan detectarse mediante marcas de agua, metadatos o sistemas de procedencia. Esa lógica ya apareció en la marca de agua para IA, pensada para que un audio, una imagen o un vídeo no entren en campaña disfrazados de documento espontáneo.
Bruselas también pide que las falsificaciones audiovisuales lleven un etiquetado claro. Además, exige que las herramientas eviten generar contenidos con alto potencial de manipulación electoral y solicita pruebas específicas antes de lanzar productos que puedan servir para fabricar desinformación política.
La paradoja es sencilla de formular y difícil de resolver. Cuanto más fácil resulta producir una pieza sintética convincente, más importante se vuelve identificarla antes de que entre en la cadena de reenvíos.
España votará el 29 de noviembre con ese precedente sobre la mesa, entre una campaña formal de 15 días y un balance internacional en el que 40 de 50 países ya registraron usos electorales de inteligencia artificial.