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Una matrícula, el color de un coche o la descripción de una persona bastan para abrir una búsqueda que puede reconstruir semanas, incluso meses, de movimientos.
Flock ya supera las 120.000 cámaras de reconocimiento de matrículas y este año ha sumado drones con cámara y dispositivos de detección de audio. La escala importa porque el sistema no exige orden judicial y permite levantar listas de vigilancia con una facilidad que, vista desde fuera, encoge bastante el margen entre una pesquisa legítima y una intrusión privada.
La herramienta nació para perseguir delitos y terminó entrando en rupturas íntimas
En agosto, una investigación detalló que Michael Steffman, jefe de un Departamento de Policía de Georgia, utilizó el sistema al menos 600 veces para acosar a su expareja y a la hija adolescente de ella.
No fue un episodio aislado. Alexander Vanny la usó en California para acosar a su exprometida, mientras un jefe de Policía de Kansas rastreó a su expareja y la asaltó cuando mantenía relaciones íntimas con otro hombre.
La mayoría de los 50 casos oficiales de usos no autorizados registrados siguen el mismo patrón. Agentes que buscaron a esposas, novias, exparejas o mujeres a las que querían conocer convirtieron una base policial en una prolongación de sus obsesiones personales.
También sirvió para vigilar decisiones médicas y cercos masivos
En Texas, un agente levantó un cerco de 83.000 cámaras para localizar a una mujer que había abortado. Ahí la discusión deja de girar solo en torno al robo de vehículos o la captura de sospechosos y entra de lleno en la vida privada, en el cuerpo y en el miedo a ser rastreada cuando una persona intenta desaparecer del mapa durante unas horas.
Cristian Morales, de Wisconsin, utilizó la plataforma para comprobar si su novia acudía a una clínica abortista. Después etiquetó aquellas búsquedas como un control de bienestar y la asedió para obligarla a someterse a un aborto.
Otro caso empuja esa misma frontera. Un agente adjunto de Florida estableció un cerco de búsqueda sobre una actriz, una muestra de hasta qué punto una herramienta pensada para localizar coches puede acabar aplicada a curiosidades, fijaciones o venganzas sin relación con un delito.
La promesa comercial chocó con el uso real que hicieron algunos agentes
El fundador de Flock ha dicho que su tecnología es “tan transformadora para la lucha contra el crimen como el ADN”. La frase busca situar el sistema en el terreno de las grandes herramientas forenses, pero el problema no está solo en lo que promete cuando funciona, sino en quién puede pulsar el botón y con qué motivo.
Hay episodios que resultan difíciles de olvidar. Coty Wayne Hall, de Niceville, en Florida, empleó la plataforma 192 veces para rastrear a su expareja y luego protestó porque lo estaban haciendo parecer “una especie de monstruo”.
Jarmarus Brown, de Orange City, en Florida, añadió una capa casi teatral al abuso. Tras asaltar a su expareja, le envió vídeos conduciendo y le escribió “La Policía ya está aquí” cuando ella amenazó con llamar a las autoridades.
En esa mezcla de vigilancia automatizada y poder policial cotidiano ya habían aparecido debates sobre vigilancia predictiva, aunque aquí el detalle más áspero no está en el algoritmo, sino en el acceso humano a una infraestructura capaz de seguir rutinas, visitas y encuentros con una precisión que antes requería mucho tiempo y muchos agentes.
Las sanciones llegaron después y no borran el rastro
Algunos de los agentes implicados han sido despedidos y uno se ha suicidado. Cristian Morales, por su parte, se ha declarado inocente de las acusaciones de conducta indebida y atribuyó su decisión a un mal juicio, la falta de sueño y la desesperación.
Conviene mirar el conjunto y no solo los nombres propios, porque el patrón se repite demasiado. La herramienta permite buscar por matrícula, por rasgos del vehículo o por descripciones de personas, una amplitud que recuerda a redes de lectores de matrículas convertidas en archivo de la vida diaria.
El dato más difícil de esquivar sigue siendo ese. Entre los 50 casos oficiales de uso no autorizado, la mayoría no apunta a grandes investigaciones, sino a esposas, novias, exparejas o mujeres a las que algunos agentes querían vigilar, encontrar o intimidar.