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La inteligencia artificial generativa ya no ocupa un rincón raro de la conversación pública en España. El dato que mejor lo retrata aparece en el segundo Observatorio Anual IAON, publicado el 15 de julio de 2026, donde el porcentaje de personas que nunca la han usado cayó del 50% en 2025 al 31,2% en 2026.
Más españoles la usan ya como una herramienta corriente
Entre febrero y marzo de 2026, el estudio reunió más de 1.300 entrevistas para medir no solo el uso, sino también el grado de confianza y recelo que despierta esta tecnología.
Casi uno de cada cinco españoles la utiliza a diario.
Una proporción similar recurre a ella varias veces por semana, lo que dibuja una costumbre más cercana a consultar el correo o el navegador que a probar una novedad de vez en cuando. Esa normalización, sin embargo, no avanza igual para todos.
Casi la mitad de los mayores de 59 años no ha utilizado nunca inteligencia artificial generativa, una distancia generacional que pesa tanto como cualquier mejora técnica. Ahí aparece una de las tensiones de fondo, porque la adopción crece mientras una parte importante de la población sigue mirando desde fuera.
La confianza cambia mucho cuando la decisión afecta a la vida diaria
Viajar parece un terreno mucho menos delicado que la salud o el dinero, y eso también aflora en los datos.
Un 55,5% de los españoles delegaría decisiones en sistemas de inteligencia artificial para planificar viajes, un gesto cotidiano que sugiere hasta qué punto la comodidad gana terreno cuando el riesgo percibido es bajo. En cambio, uno de cada cuatro no delegaría ninguna decisión relevante en ámbitos como la salud, la educación o las finanzas.
Esa frontera entre lo cómodo y lo importante recuerda debates recientes sobre supervisión humana en decisiones laborales, donde el problema no es usar una herramienta, sino decidir cuánto poder real recibe. La pregunta de fondo no consiste en si la máquina ayuda, sino en qué momento deja de asistir para empezar a sustituir criterio.
Las dudas no desaparecen aunque baje parte del miedo social
La principal preocupación sigue siendo la privacidad y el uso de datos personales, con un 52,9%.
Después aparecen el impacto en el empleo y la desigualdad económica, con un 51,2%, y los riesgos de desinformación y deepfakes, con un 49,4%. No es una lista menor, porque reúne tres inquietudes muy concretas, desde la intimidad digital hasta la calidad de lo que vemos y creemos.
Aun así, no todos los temores crecieron. La preocupación por que los beneficios de la inteligencia artificial acaben concentrados en quienes tienen más recursos bajó del 68,2% en 2025 al 58,4% en 2026.
Ese descenso no equivale a tranquilidad, pero sí sugiere un desplazamiento del foco. A medida que la inteligencia artificial entra en rutinas más normales, el miedo abstracto a una desigualdad futura pierde algo de peso frente a problemas inmediatos como los datos personales o los contenidos falsos, un giro que también se aprecia en discusiones recientes sobre citas falsas generadas con IA.
La brecha técnica sigue ahí aunque el uso aumente
Un 38,5% de la población se considera usuaria intermedia de tecnología y un 10,2% avanzada, mientras que el 16,7% admite que carece de conocimientos. Dicho de otro modo, el uso se extiende más deprisa que la alfabetización técnica profunda.
También las pequeñas estructuras económicas intentan medir qué ganan con ello.
El 40% de los autónomos y pequeñas empresas considera que la inteligencia artificial mejora su competitividad, una cifra que ayuda a explicar por qué su presencia deja de verse solo en grandes compañías. Pero ese avance convive con una sociedad donde todavía casi la mitad de los mayores de 59 años nunca ha probado estas herramientas.
La fotografía final no muestra un país rendido a la máquina ni atrincherado contra ella. Muestra algo más incómodo y más real, con casi uno de cada cinco españoles usando inteligencia artificial cada día mientras un 16,7% reconoce que carece de conocimientos y uno de cada cuatro no está dispuesto a cederle ninguna decisión relevante.