Sam Altman admite que OpenAI explicó mal la IA: teme rechazo por energía y por borrar hasta el 50% de empleos de oficina

El CEO de OpenAI dice que la industria ha comunicado mal la IA y que el rechazo crece por su consumo eléctrico, el impacto de los centros de datos y el riesgo para empleos de oficina.

27 de agosto de 2026 a las 08:56h
Sam Altman admite que OpenAI explicó mal la IA: teme rechazo por energía y por borrar hasta el 50% de empleos de oficina
Sam Altman admite que OpenAI explicó mal la IA: teme rechazo por energía y por borrar hasta el 50% de empleos de oficina

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La conversación sobre inteligencia artificial ya no tropieza solo con algoritmos. Tropieza también con la desconfianza pública, con la factura eléctrica de los centros de datos y con una pregunta incómoda sobre el trabajo de oficina.

Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, lo planteó en una charla con el presentador de podcast David Senra al hablar de la percepción social de esta tecnología. Su diagnóstico no carga contra el miedo de la gente, sino contra la velocidad del cambio y contra la forma en que la propia industria lo ha contado.

"Creo que probablemente sea una buena característica de la sociedad humana que tengamos cierta inercia incorporada; tenemos cierto escepticismo ante el cambio rápido" - Sam Altman, consejero delegado de OpenAI

No es una observación menor. Cuando una tecnología avanza mientras se discute si puede borrar empleos, disparar el consumo energético o alterar equilibrios sociales básicos, el escepticismo deja de parecer un freno irracional y se convierte en una forma de autoprotección colectiva.

Altman admite que la industria explicó mal lo que estaba en juego

Ahí aparece una de las contradicciones más visibles del sector. Las mismas empresas que piden confianza han convivido durante años con mensajes apocalípticos lanzados desde dentro del propio campo de la IA.

"También creo que mucha de la gente que está construyendo IA, ya sabes, ha estado diciendo que hay un 25% de posibilidades de que destruyamos el mundo y que vamos a seguir adelante porque, de lo contrario, esos malos lo harán primero" - Sam Altman, consejero delegado de OpenAI

Cuesta pedir calma social después de instalar una retórica así. Si al ciudadano se le repite que la tecnología puede escapar al control humano y, al mismo tiempo, que debe aceptarla cuanto antes, la conversación pública acaba pareciéndose menos a un debate informado que a una prueba de fe.

Altman reconoce que OpenAI no ha explicado bien los beneficios ni la forma de mitigar las desventajas. Esa admisión conecta con el debate sobre despidos por IA, donde el discurso público mezcla temores reales con mensajes empresariales que a menudo llegan antes que las pruebas.

El rechazo ya no nace solo del miedo al software

Mientras la IA se presenta como una herramienta cada vez más cotidiana, la infraestructura que la sostiene se ha convertido en otro foco de conflicto. La construcción de centros de datos en Estados Unidos enfrenta oposición por el consumo eléctrico, los costes y el impacto ambiental, hasta el punto de que responsables políticos ya plantean restricciones, auditorías o pausas en nuevos proyectos.

Detrás de cada asistente conversacional hay una realidad mucho menos abstracta. Hablamos de suelo, agua, energía y dinero público o privado movilizado a gran escala, una dimensión material que acerca la discusión tecnológica al vecindario, al recibo de la luz y a la presión sobre los recursos.

También pesan las oficinas que podrían vaciarse

Altman ha aludido además a advertencias sobre una posible desaparición del 50% de determinados empleos de oficina. No hablamos de una fábrica lejana ni de tareas mecánicas fáciles de aislar, sino de una parte del trabajo administrativo y profesional que durante décadas sirvió como puerta de entrada a la clase media urbana.

Un 50% cambia cualquier conversación.

Esa cifra ayuda a entender por qué la promesa de eficiencia convive con una inquietud persistente. El problema no consiste solo en si una herramienta hace una tarea más rápido, sino en quién conserva margen de decisión cuando esa herramienta empieza a ocupar funciones que daban autonomía, salario y trayectoria a millones de personas, algo que también asoma en el riesgo para los empleos de oficina.

"Ha habido muy poca discusión por parte de la gente sobre cómo y por qué es importante que las personas tengan más poder y libertad personal en el mundo, no menos" - Sam Altman, consejero delegado de OpenAI

La frase desplaza el foco desde la potencia de las máquinas hacia la posición de las personas. Y ahí está, quizá, el núcleo político de todo este debate, porque la aceptación social de la inteligencia artificial dependerá menos del asombro técnico que de una cuestión bastante terrenal sobre quién gana control y quién lo pierde.

Por eso la resistencia a los centros de datos, el temor a que desaparezca el 50% de ciertos empleos de oficina y la autocrítica de Altman forman parte del mismo problema. No basta con decir que la IA traerá beneficios si una parte de la sociedad sospecha que pagará el coste en energía, en trabajo y en margen de decisión personal.

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