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Hay una idea que Santiago Niño Becerra repite sin rodeos. La tecnología apoyada en inteligencia artificial necesitará cada vez menos población para producir.
El economista no sitúa el problema solo en el desempleo clásico. También dibuja otro escenario menos visible y quizá más incómodo, el de quienes seguirán siendo necesarios, pero durante muchas menos horas a la semana.
Trabajar menos no significa vivir mejor
Niño Becerra plantea una bifurcación muy concreta.
"O bien a alguien le dirán 'a usted ya no le necesitamos' o bien se le dirá 'a usted sí que le necesitamos, pero en vez de 40 horas a la semana, solo 15'" - Santiago Niño Becerra, economista
Ahí aparece el nudo del debate. Si una parte del empleo no desaparece del todo, pero sí pierde jornada y salario, el ajuste deja de ser una cuestión de oficina o fábrica y entra de lleno en la capacidad cotidiana de pagar alquiler, comida o transporte.
Después llega la cadena de consecuencias que él mismo enumera. Menos horas cobradas implican menos poder adquisitivo, menos cotizaciones sociales y menos ingresos fiscales, tres piezas que sostienen a la vez el consumo privado y buena parte del gasto público.
Las pensiones entran en la discusión cuando caen las cotizaciones
Niño Becerra sostiene que las pensiones, tal y como las conocemos, no se aguantan.
Su argumento choca con una de las ideas más repetidas en el debate demográfico. Frente a la tesis de que hacen falta más personas para sostener el sistema, defiende que la tecnología irá por delante y alterará esa relación entre población ocupada, horas trabajadas y financiación.
La pregunta no gira solo en torno a cuánta gente habrá, sino a cuánto trabajo humano seguirá pagando nóminas y cotizaciones. En esa grieta encaja también la exposición de profesiones cualificadas, porque la presión de la automatización ya no se limita a tareas mecánicas.
La propuesta fiscal intenta cobrar a la máquina como hoy cobra al trabajo
No es una ocurrencia aislada, dice el economista, sino una discusión que ya circula en Estados Unidos entre economistas y sociólogos.
La idea consiste en que la inteligencia artificial pague impuestos por las horas de trabajo humano que ahorra y por el mayor valor que genera. Niño Becerra vincula ese planteamiento con Bill Gates, a quien cita como una de las figuras que han puesto esa posibilidad en la conversación pública.
Si una inteligencia artificial sustituye a tres personas, debería pagar por esas tres sustituciones y por la producción adicional. Esa formulación convierte la automatización en una cuestión tributaria, no solo técnica, y recuerda debates recientes sobre impuestos a la automatización y reserva de empleo humano.
Visto así, el pronóstico no enfrenta únicamente a trabajadores contra máquinas. Enfrenta dos maneras de financiar una sociedad, una basada en salarios y cotizaciones humanas y otra en productividad automática que produce más con menos horas pagadas.