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Japón quiso blindar su defensa antimisiles desde tierra y ha terminado llevándola al mar.
El giro no es menor. Tokio canceló el proyecto Aegis Ashore que había planteado en 2020 y optó por construir dos Aegis System Equipped Vessels, unos buques concebidos para asumir esa misión con una escala que supera incluso a sus destructores más recientes.
Los nuevos buques crecieron hasta quedar por encima de la flota actual
Sus cifras colocan bien el cambio de ambición. Cada unidad tendrá 12.000 toneladas de desplazamiento, 189 metros de eslora y 25 metros de manga, por encima de los destructores Maya, que se quedan en 8.200 toneladas y 170 metros.
También crecerá su capacidad de fuego. Cada buque llevará 128 celdas de lanzamiento vertical repartidas entre proa y popa, más que las 96 de los Arleigh Burke y por encima de las 122 de los cruceros Ticonderoga.
Desde julio de 2025, Mitsubishi Heavy Industries construye el primer buque en Nagasaki.
La entrada en servicio de esa primera unidad está prevista para marzo de 2028. El segundo casco arrancó en Yokohama en febrero de 2026 y Japón prevé incorporarlo en el ejercicio fiscal siguiente.
El radar explica por qué el proyecto cambió de forma
La decisión de abandonar las baterías en tierra venía arrastrando varios problemas a la vez. El plan original incluía sistemas Aegis Ashore con radar AN/SPY-7, pero acabó cancelado por dificultades técnicas, costes y un riesgo muy concreto, la posible caída de propulsores sobre zonas habitadas.
Ahí aparece una paradoja interesante. Japón no renuncia al corazón tecnológico del programa, sino al formato en que pensaba desplegarlo.
Los nuevos buques montarán cuatro antenas AESA del radar AN/SPY-7(V)1 de Lockheed Martin, cada una con 4,3 metros de altura. El Ministerio de Defensa japonés atribuye a ese radar una capacidad de seguimiento cinco veces superior a la del SPY-1 que hoy usan los destructores Kongo, Atago y Maya.
Esa combinación ya apunta a una defensa más densa y también más flexible, una idea que conecta con la guerra guiada por datos, donde sensores, seguimiento y tiempo de reacción pesan tanto como el misil que sale del lanzador.
Japón preparó un buque para varias capas de interceptación
El armamento inicial mezclará dos funciones distintas pero complementarias. Los SM-3 interceptarán amenazas en fase intermedia fuera de la atmósfera, mientras los SM-6 cubrirán fases posteriores y añadirán funciones antiaéreas y antibuque.
No se trata solo de derribar un blanco lejano. La arquitectura busca responder a trayectorias y amenazas distintas con un mismo casco.
Japón participa además con Estados Unidos en el desarrollo del Glide Phase Interceptor, pensado contra vehículos hipersónicos de planeo. Esa pieza sugiere hasta qué punto la preocupación ya no pasa solo por los misiles balísticos clásicos, sino por blancos que maniobran y comprimen todavía más los márgenes de reacción.
El buque nació para misiles, pero no se quedará ahí
Hacia 2032, estas plataformas incorporarán misiles de crucero Tomahawk estadounidenses y misiles Type 12 japoneses de alcance extendido. El rango previsto para los Type 12 llegará a 1.600 kilómetros, una cifra que desplaza el papel del buque más allá de la defensa estrictamente antimisiles.
Después vendrá otra capa tecnológica. Los barcos tendrán capacidad para integrar armas láser de alta energía y sistemas de microondas de alta potencia, una dirección que encaja con los ensayos con defensa avanzada que hoy ya buscan combinar sensores, automatización y respuesta inmediata.
Al final, el dato más elocuente no está en el nombre del programa, sino en su tamaño. Japón canceló una solución fija por sus límites técnicos y de seguridad, pero mantuvo el radar SPY-7, elevó cada plataforma hasta 12.000 toneladas y la llevó a 128 celdas, como si el fracaso del sistema en tierra hubiera servido para diseñar un arsenal flotante mucho más grande.